
¿Para qué sirven las leyes y los reglamentos de una ciudad, estado o país? ¿Cuál ha sido tu experiencia personal, y la de tus amigos y familiares, con las reglas y leyes vigentes? ¿Qué tal te han resultado “las instituciones” a la hora de guardar y hacer guardar, cumplir y hacer cumplir, leyes y reglamentos? Me refiero no solo al gobierno en sus tres poderes y sus tres niveles, sino a esas instituciones “independientes y autónomas” que han existido en los últimos 30 años. Sí, los alcaldes, gobernadores o presidentes, diputados (locales y federales), senadores, jueces y ministros, encargados de municipios, estado y Federación, del poder legislativo y judicial; pero también esas tan mentadas instituciones que nos dicen eran lo máximo y que, ahora bajo la 4T, están siendo disminuidas, moldeadas o desaparecidas al antojo de la Presidenta y su antecesor. Instituciones encargadas de la transparencia, de las elecciones, de la competencia económica, de las telecomunicaciones, de las estadísticas o medición de la pobreza, de la ciencia y la tecnología, de la protección al consumidor, o del buen funcionamiento del sector financiero y el manejo de la política monetaria. ¿Estamos contentos con su desempeño? ¿Estábamos más contentos antes? Hay quienes sugieren que estábamos mejor cuando estábamos peor y esa es la primera señal de la mediocridad en nuestro rol de ciudadanos sin importar si la 4T nos llena el ojo o si extrañamos mucho a los de antes. Pareciera estar claro que, aunque había muchas cosas antes que ya no hay hoy, y que hay quienes pudieran preferir lo de antes a lo de hoy, empezando por las formas y la ideología; México ha sufrido varias décadas (al menos tres, creo yo) en que las instituciones públicas de gobierno y las adicionales “independientes y autónomas”, nos han quedado a deber mucho. Si bien se pudiera afirmar que antes las instituciones autónomas tenían más poder, mejor imagen, o eran más independientes o efectivas (para algunos), difícilmente podríamos decir que funcionaban en niveles de excelencia (tal vez con alguna excepción). Así, hemos visto cómo los partidos y personajes con poder han jugado con dichas instituciones a su antojo, moldeando equipos y legislación para encaminarlas a objetivos que no necesariamente tenían en mente al grueso de la población, a los usuarios que, además, son quienes pagan por su funcionamiento. A la vuelta de unos treinta años de cierta modernidad democrática, transición en el poder y ciclos de reformas y contrarreformas, la mejor prueba del éxito o del fracaso logrado por esas instituciones pudiera medirse en 10 puntos: a) pobreza del 50 por ciento o más; b) crecimiento económico que no aspira a más del 1-2 por ciento sostenido; c) corrupción rampante; d) alta desigualdad; e) PIB per cápita estancado vs. países comparables; f) falta de competencia económica; los carteles mandan; g) el consumidor sigue indefenso; h) los ciudadanos viven en un país inseguro, unas zonas peores que otras; i) medio ambiente olvidado; j) infraestructura rebasada; y k) delincuentes de todos tamaños gozan de niveles grotescos de impunidad. No pretendo plantear un panorama pesimista, pero es evidente que las instituciones nos han fallado rotundamente, tanto antes como después de que “alguien” las mandara al diablo. La pregunta es si es posible enderezar el camino con menos o más débiles instituciones y con un movimiento político que se comporta más como plaga de langostas o si de plano tendrá que venir la destrucción total antes de tener que volver a construir sobre las ruinas que deje la 4T, si es que eso llega a suceder relativamente pronto.


