
El desierto hiere, pero también abrasa y quiere a sus moradores. Al mirarnos en los ojos de nuestra mujer, en las tardes ardientes de la canícula –la cual ya es de siete meses–, nos vemos reflejados en un ave marítima, la cual no olvida en sus recuerdos: esto alguna vez fue mar. Por eso, en aquellos viejos versos del juglar de Saltillo, el gran cantante Mario Saucedo escribió en su tonada:
“Hay un mar en mi pecho
que me quita la vida
sin saber dónde voy…
Este mar lo formé
sin que nadie supiera
voy llorando en la noche
y bebiéndome el llanto…”.


