
Quizá con el tiempo se conozca qué pasó por la mente de la presidenta Sheinbaum cuando decidió presentar la propuesta de reforma política para hacer de Morena el partido hegemónico. Escogió al coordinador adecuado para tal cometido: Pablo Gómez. Logró, además, quitarlo de la UIF, que se había corrompido desde el inicio del gobierno de López Obrador para volverla una instancia de control y persecución política. La lucha contra el crimen y la relación con EU requerían activar a la UIF en su sentido originario: combatir las finanzas del crimen.
Se trataba de una reforma imposible. Cambiar la integración de las Cámaras para la sobrerrepresentación de la minoría mayor suponía un cambio constitucional, esto es, aprobación con voto calificado. Implicaba que el PVEM y el PT decidieran suicidarse para abrir espacio a la fantasía autoritaria del partido histórico, representante único de la Nación. El rechazo a la reforma no fue por mala operación política, como se ha dicho; se trataba de un cambio intransitable.


