
Un trauma activa el sistema límbico, la amígdala derecha, la corteza orbitofrontal, y la circunvolución cingulada anterior. ¿Y eso qué? Significa, en pocas palabras, que un trauma despierta el instinto de supervivencia, nos pone en situación de lucha o huída. Si el trauma no se trabaja, no sana, cualquier situación semejante, o bien la conclusión que causa a nivel intelectual, nos mantendrá en un estado de alerta. Un ejemplo es cuando a un niño le muerde un perro. El perro, en ese momento, era un animal grande y feroz a los ojos del niño, y su conclusión puede llegar a ser que los perros son animales peligrosos a los que hay que temer y tal vez hasta eliminar. Si el niño tiene la oportunidad de convivir con otros perros y experimentar otras cosas como el juego y la diversión, su idea puede cambiar y el temor disiparse.
Los traumas no son exclusivos de la infancia y sin embargo suele haber muchos traumas asociados a experiencias infantiles. A pesar de no recordar las experiencias, sí sabemos que tenemos creencias que nos son propias y que por alguna razón las formamos. Y no, no son creencias de mamá ni de papá, ni nos enseñaron ellos a pensar así. Ellos fueron actores en nuestras experiencias, por supuesto, pero las conclusiones fueron nuestras.
Doy un ejemplo. Yo concluí de niña que si me quedo congelada y no me muevo, cualquier situación que interpreto como peligrosa terminará y no me veré afectada. Puedo concluir que pasé por situaciones peligrosas y me paralicé de miedo. Recuerdo algunas en las que sentí total desesperanza y desolación. Sentía que me quedaría en esa situación para siempre. En algunos casos logré ver una salida y tomarla. No era una niña tonta, pero el miedo es una condición poderosa. Esta creencia me quita, aún hoy día, la opción de atacar o de huir. No me es fácil usar mi agresividad, ni quitarme de la situación. Confrontada por el trauma concluí que había que congelarme y no reaccionar. De allí mi creencia. Mi táctica de supervivencia es no reaccionar. ¿Y la tuya?


