NosotrAs: Las ovejas moradas

Soy todo lo que el manual de la “mujer perfecta” dictaba que no debía ser: lesbiana, feminista, sin hijos, artista y divorciada. Me chocan los vestidos, los tacones y las normas heteropatriarcales que nos encasillan. Hace 14 años dejé Saltillo para abrirme nuevos caminos en la música. Hoy vivo en la Ciudad de México, una metrópoli donde la diversidad a veces se diluye en la multitud, pero donde la resistencia sigue siendo el pan de cada día.

Decidí ser productora musical con un objetivo claro: romper el techo de cristal de una industria profundamente masculinizada. Y esto no es un invento: según el estudio Inclusion in the Recording Studio de la USC Annenberg, las mujeres representan alrededor del 3 % de los productores musicales a nivel mundial. En pleno 2026, por cada productora que firma una canción, hay más de 30 hombres dictando cómo debe sonar la música del mundo.

Durante estos años fuera de casa, he sentido cómo el miedo camina con nosotras. Sin embargo, he aprendido a usarlo como gasolina para no quedarme en el intento, aunque renuncie tres veces por semana y me recontrate cuatro. La resiliencia ha sido mi superpoder. Como productora, mi compromiso es crear música más consciente desde espacios seguros y amorosos para las mujeres, donde la sensibilidad no sea una vulnerabilidad, sino una herramienta de creación.

Como compositora, busco cambiar el discurso hacia letras que nos empoderen. Como cantautora, mi meta es gritar y sanar mi linaje: hablar de todas las violencias que hemos encarnado por el hecho de ser mujeres. Pienso en mis ancestras lesbianas, aquellas que no pudieron decirlo y asumieron lo que “tocaba”: ser esposas, madres, objetos. No me creo tan especial como para ser la primera homosexual de la familia, pero sí la primera en asumirlo.

En México, la realidad que heredamos de ellas no ha cesado. Al intentar romper con esas herencias, a las mujeres se nos ha señalado y asesinado por brujas, putas, locas… ¡y también machorras! Yo he venido a romper con esas lealtades impuestas; por eso soy la oveja morada de la familia, ¡y con mucho orgullo! Algo profundo me mueve a sanar las heridas de las generaciones que me precedieron para que las futuras habiten un mundo más amoroso, empático y conectado con la vida. Un mundo donde los derechos y el respeto no dependan de la genitalidad ni de las preferencias en la intimidad.

Asumirme como lesbiana no fue un camino sencillo. Y hasta hoy entiendo que serlo destruye totalmente la imagen de la “mujer” patriarcal, y que vivirme como mujer perteneciente a la comunidad, es un acto directo en contra de las bases del patriarcado.

Aunque amo tomar de la mano a mi pareja y manifestarle mi amor en cualquier lugar, la homofobia sigue cobrando factura. Aunque viva en una de las ciudades referente en derechos LGBTQ+, México sigue ocupando los primeros lugares en crímenes de odio. El prejuicio no es un asunto del pasado; es una violencia estructural que nos respira en la nuca todo el tiempo.

El trabajo es constante, de todos los días y desde todos los espacios. Voy diseñando a la mujer que quiero ser sobre la marcha, creando los escenarios para desarrollarme y abriendo caminos para que podamos vivir libres y seguras.

Pese a todos los “inconvenientes”, soy mujer, amo ser mujer ¡y me encantan las mujeres! Saludos a todos los homofóbicos. Que disfruten el Pride. La disidencia llegó para quedarse.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí