Crecí entre teatros, ensayos, vestuarios y mujeres que hablaban fuerte. Crecí viendo cuerpos ocupar espacio y entendiendo el arte como una forma de nombrar emociones y volverlas visibles. Durante mucho tiempo pensé que esa libertad era normal. No entendí el tamaño de ese privilegio hasta que llegué a trabajar como maestra en la región de los Cinco Manantiales, en Coahuila.
Aunque seguía dentro del mismo estado, el cambio era evidente. Yo venía de una ciudad donde las marchas feministas, las protestas de maestras y maestros y las manifestaciones por los desaparecidos formaban parte del paisaje cotidiano. Acá, en cambio, muchos temas parecían existir solamente en voz baja. Había silencios sostenidos por la costumbre, el miedo y la necesidad de no incomodar.
Empecé a notar cómo cualquier mujer que decidiera vivir con libertad era rápidamente convertida en tema de conversación. Bastaba con que hablara fuerte, saliera sola o decidiera no seguir ciertos roles para que aparecieran palabras como “loca”, “fácil” o “problemática”. Mientras escuchaba esos discursos fuera del aula, también veía a muchas adolescentes crecer creyendo que su mayor aspiración debía ser casarse y dedicarse por completo a otros.
Entonces entendí que enseñar arte también era enseñar a mirar el mundo.
La primera vez que mencioné la palabra “feminismo” en clase, algunos alumnos reaccionaron con burlas. “Feminazi”, dijeron. Descubrí que muchas veces el rechazo no venía de haber leído sobre el tema, sino de repetir ideas aprendidas. Así que empecé desde lo más básico: feminicidios, violencia de género, brecha salarial y desigualdad de oportunidades. Lo hacía desde el teatro, la representación y la reflexión artística, porque el arte permite tocar temas que de otra forma serían ignorados.
Cada 8 de marzo intento abrir un espacio dentro de la escuela para hablar sobre las mujeres y sus luchas. Algunas veces han sido performances o ejercicios escénicos. También han llegado llamadas de atención: que son temas delicados, que podrían incomodar, que quizá no deberían tocarse en la escuela. Con el tiempo aprendí a modificar algunas formas, pero no a guardar silencio.
Y entonces ocurre algo que me recuerda por qué vale la pena insistir.
Veo a exalumnas levantar la voz sobre violencias que antes callaban. Las veo cuestionar relaciones, poner límites y hablar distinto sobre sí mismas. Hace algunos años acompañé a una de ellas a su primera marcha feminista. Después vinieron otras. Cada 8 de marzo alcanzo a reconocer algunos rostros entre los pañuelos morados y las consignas.
No creo haberles enseñado todas las respuestas. Pero quizá sembré algo más importante: la idea de que no tienen que pedir permiso para existir plenamente.
A veces, ser maestra feminista en el norte significa eso: abrir pequeñas grietas en lugares donde el silencio parecía permanente, hasta que otras niñas descubren que también pueden alzar la voz.

