
Para mi abuelita Norbertha Monrroy Cortés, que me alentó a siempre ir más allá
Soy una mujer apasionada, dedicada y, sobre todo, una persona que se atreve a asumir nuevos retos. No ha sido un camino sencillo, pero la vida me ha enseñado que quien no arriesga difícilmente crece. Mi madre siempre dice que, de todos sus hijos, su “pilón” fue quien más se atrevió a hacer aquello que nadie más había hecho dentro de nuestra familia. Quizá esa convicción ha sido el impulso que me ha llevado a abrir nuevos caminos.
Sin planes fijos, como ocurre con muchas personas recién egresadas, enfrenté el miedo y la incertidumbre propios de comenzar la vida profesional. Durante los últimos años de mi carrera me convertí en madre de mi hijo, Dominick, quien desde entonces se convirtió en mi principal motivación para seguir creciendo.
Gracias a distintas oportunidades laborales llegué al ámbito educativo, donde descubrí una profesión que terminó por apasionarme. Inicié en el área de control escolar de una universidad privada, un espacio donde comprendí que, más allá de los procesos administrativos, el funcionamiento de una institución depende en gran medida del liderazgo de quienes la dirigen.
Tuve la fortuna de trabajar con una directora que siempre estuvo dispuesta a compartir su conocimiento y brindar apoyo. Gracias a ella entendí que liderar significa acompañar, escuchar y formar a otras personas.
Pero también conocí la otra cara. Después de varios años en esa institución decidí buscar nuevas oportunidades. No fue porque dejara de disfrutar mi trabajo, sino porque el ambiente laboral se volvió cada vez más complejo debido a una persona que, pese a ocupar un puesto de mayor responsabilidad, carecía de las habilidades necesarias para ejercer un liderazgo positivo.
Con el tiempo descubrí que no era un caso aislado. Volví a encontrar una situación similar en otra institución educativa y en otro estado del país. Fue entonces cuando comprendí que muchas organizaciones siguen promoviendo a las personas únicamente por su antigüedad, sin valorar si cuentan con las capacidades humanas para dirigir equipos.
Las consecuencias son evidentes: alta rotación de personal, desgaste emocional y pérdida de talento. Esto no debería normalizarse, especialmente en instituciones cuya misión es formar personas.
El liderazgo no consiste únicamente en ocupar un cargo. Implica escuchar, comunicar, acompañar y generar condiciones para que otras personas desarrollen su potencial. Cuando esas capacidades están ausentes, toda la organización termina resintiéndolo.
Por ello considero indispensable que las instituciones educativas fortalezcan la formación de quienes ocupan puestos directivos y atiendan oportunamente los focos rojos dentro de sus equipos de trabajo. Invertir en liderazgo no solo mejora el clima laboral; también fortalece el desarrollo organizacional y, en consecuencia, la calidad educativa.


