Me es imposible no preocuparme por la amenaza en contra del Cañón de Fernández, Durango. Temo por mi Comarca Lagunera, la contaminación y sobreexplotación del agua en una región que ya sufre una crisis hídrica, además de las probables fugas de amoniaco. Así que decidí expresarme más allá del debate sobre si Fermachem tiene o no razón jurídica o técnica, sino replantearnos desde el ecofeminismo: quiénes asumirán los costos ambientales, quiénes toman las decisiones y qué papel desempeñamos las mujeres en la defensa del territorio.
Françoise d’Eaubonne en 1974 formuló que las crisis ecológicas y las desigualdades de género tienen raíces comunes en sistemas sociales que privilegian el control, la acumulación y la explotación. Examina los efectos del cambio climático, la escasez de agua, la contaminación o los desastres ambientales y cómo suelen impactar de manera diferenciada a mujeres y poblaciones vulnerabilizadas. Por ello, en muchos movimientos de defensa del agua y áreas naturales, las mujeres han desempeñado un papel central a través de liderazgos femeninos.
El Cañón es un espacio de vida. Sus ríos, especies, flora y soportes ambientales constituyen una trama de la que dependen comunidades enteras. La discusión sobre su conservación no puede limitarse a criterios económicos o productivos; implica decidir qué formas de vida se consideran valiosas y cuáles sacrificables.
Desde el ecofeminismo, la naturaleza deja de verse como un recurso económico y se entiende como una red de relaciones que posibilitan la vida, derivado de experiencias ligadas al cuidado de la comunidad y la sostenibilidad.
Para mí, la participación de las mujeres en la defensa del Cañón es la expresión política de aquellas que, expandiendo el corazón de la lucha como mujeres con voz y derecho al espacio público y político, ahora ganan territorio navegando a una batalla ampliada hacia la protección de los bienes comunes, el agua, la biodiversidad y las condiciones necesarias para la vida de las generaciones presentes y futuras.
Celebro el trabajo de mujeres laguneras defensoras del territorio y el medio ambiente, pues para mí de una forma u otra, dejan en claro que la lucha crece en la protección de lo que modelos patriarcales y económicos basados en la explotación destruyen: la paz, estructuras igualitarias y, ahora, el medio ambiente.
Defender el Cañón significa defender las condiciones materiales que hacen posible la vida. También implica reconocer el papel de quienes históricamente han sostenido y cuidado los territorios, muchas veces sin visibilidad ni reconocimiento. La protección de los ecosistemas y la búsqueda de la igualdad de género convergen en una misma aspiración: construir comunidades capaces de vivir de manera justa, sostenible y democrática.

