
Esta será, probablemente, mi última publicación.
He decidido escribir estas líneas porque ya no puedo guardar silencio. Después de muchos años de vivir aquí, de conocer este estado, de recorrerlo, de trabajar por él y de creer que las cosas podían mejorar, hoy tengo que reconocer que ya no me interesa seguir en Coahuila.
Me voy porque es muy difícil vivir aquí.
No me voy por miedo. No me voy por falta de oportunidades. Me voy porque siento que vivimos en un estado que ha perdido el rumbo, un estado donde las prioridades están completamente trastocadas, donde el ser humano ha dejado de ocupar el lugar que le corresponde y donde la justicia parece aplicarse según la presión social, el dinero o los intereses de unos cuantos.
Lo digo con tristeza: para mí, Coahuila se ha convertido en un estado fallido. Un estado vacío. Un estado donde la ley dejó de significar certeza para convertirse, muchas veces, en un instrumento que se aplica dependiendo de quién seas o de cuánto poder tengas.
Durante los últimos días he visto cómo prácticamente todo un estado, e incluso buena parte del país, se ha volcado sobre un caso de maltrato animal. Quiero dejar algo perfectamente claro: jamás justificaré la crueldad contra un animal. Quien maltrata a un animal debe responder por ello. Los animales merecen protección y respeto.
Tengo grandes amigos que han dedicado buena parte de su vida al rescate y cuidado de los animales. Los admiro profundamente. Ellos hacen una labor extraordinaria y necesaria.
Pero lo que no puedo entender es cómo hemos llegado al punto en que pareciera que un perro vale más que un niño.
¿En qué momento ocurrió ese cambio?
¿En qué momento dejamos de indignarnos por los niños golpeados, abandonados o explotados?
¿En qué momento dejamos de preocuparnos por las mujeres asesinadas?
¿En qué momento dejamos de exigir justicia para las víctimas de la violencia?
¿En qué momento dejamos de escandalizarnos por la corrupción, por el robo de recursos públicos, por los delincuentes de cuello blanco que siguen viviendo como reyes mientras las personas honestas sobreviven como pueden?
Eso es lo que verdaderamente me duele.
Mientras toda la atención pública se concentra en un solo caso, existen miles de niños viviendo en condiciones infrahumanas.
Basta salir del centro de la ciudad.
Basta recorrer las colonias más pobres.
Basta ir a las periferias.
Ahí están los niños pidiendo limosna en los cruceros.
Ahí están los menores siendo utilizados por adultos para obtener dinero.
Ahí están los niños víctimas de padrastros violentos.
Ahí están los pequeños que sufren golpes, abusos y abandono.
¿Quién los protege?
¿Quién habla por ellos?
¿Quién abre programas especiales para ellos?
¿Por qué no vemos esa realidad?
¿Por qué no abrimos la ventana de nuestra casa para mirar al vecino que necesita ayuda?
¿Por qué no recorremos las colonias marginadas antes de convertir cualquier otro tema en el centro de la conversación nacional?
Yo tuve la fortuna de vivir otra época.
Trabajé durante cuarenta años en la vida pública y conocí verdaderos líderes. Fueron hombres que entendían que gobernar era servir. Ellos me decían: “Ve y dime qué necesitan esos niños”.
Y se abrían comedores.
Y se gestionaban apoyos.
Y se buscaban soluciones para quienes menos tenían.
Hoy siento que hemos cambiado completamente nuestras prioridades.
Hoy pareciera importar más la indignación en redes sociales que resolver los problemas reales.
Mientras tanto seguimos viviendo rodeados de corrupción.
Seguimos viendo expedientes olvidados.
Seguimos viendo delincuentes protegidos.
Seguimos viendo ladrones de cuello blanco amparados.
Seguimos viendo personas que, aun con sentencias en su contra, recuperan su libertad porque tienen dinero, influencias o conexiones.
Seguimos viendo policías involucrados en actos de corrupción.
Seguimos viendo instituciones que han perdido la confianza de la ciudadanía.
Y frente a todo eso, la sociedad guarda silencio.
Eso sí me duele.
No entiendo cómo podemos escandalizarnos por unas cosas mientras permanecemos indiferentes frente al sufrimiento cotidiano de miles de personas.
Yo soy cristiana.
Creo en Dios.
Y precisamente por eso creo que la vida humana debe seguir siendo el valor más importante que existe.
No significa abandonar la protección animal.
Significa entender el orden de nuestras prioridades.
Primero está la vida humana.
Primero está un niño.
Primero está una mujer víctima de violencia.
Primero está una familia que perdió todo.
Primero está una persona inocente encarcelada.
Primero está quien vive con miedo por la inseguridad.
Después, sin dejar de protegerlos, también están los animales.
Pero hoy pareciera que ese orden se perdió.
Y eso habla de una profunda crisis moral.
No puedo dejar de preguntarme qué está ocurriendo con nuestras autoridades.
¿Qué está ocurriendo con la Fiscalía?
¿Por qué tantos expedientes permanecen olvidados?
¿Por qué tantos delincuentes siguen libres?
¿Por qué quienes realmente lastiman a la sociedad encuentran siempre la manera de escapar de la justicia?
¿Por qué las instituciones parecen reaccionar únicamente cuando un asunto genera presión mediática?
Son preguntas que millones de ciudadanos se hacen todos los días.
También me preocupa la forma en que hoy se construyen los juicios públicos.
Personas que ni siquiera conocen a los involucrados se sienten con derecho de condenar, insultar y exigir los castigos más severos desde una pantalla.
La justicia no puede convertirse en un espectáculo.
No puede depender de quién grita más fuerte.
No puede dictarse desde las redes sociales.
Debe impartirse en los tribunales, con pruebas, con legalidad y con proporcionalidad.
Hoy siento que vivimos en un estado donde todo tiene precio.
Donde todo parece negociarse.
Donde incluso la justicia parece tener un costo.
Y que nadie piense que tener dinero significa estar protegido.
Eso también es falso.
Aquí ni siquiera quien tiene recursos vive con verdadera tranquilidad.
La protección muchas veces es una ilusión.
La certeza jurídica prácticamente ha desaparecido.
Vivimos en un estado gobernado por caprichos.
Caprichos de funcionarios.
Caprichos de quienes ocupan pequeños espacios de poder.
Caprichos que terminan afectando la vida de miles de personas.
Por eso he tomado una decisión profundamente personal.
No quiero seguir viviendo aquí.
No porque deje de querer a Coahuila.
Al contrario.
Precisamente porque lo quiero me duele verlo así.
Me duele ver cómo se pierde la sensibilidad.
Me duele ver cómo se pierde la justicia.
Me duele ver cómo se pierde el respeto por la dignidad humana.
Ojalá algún día las prioridades vuelvan a su lugar.
Ojalá las autoridades recorran las periferias antes que las redes sociales.
Ojalá la justicia vuelva a proteger primero a las personas más vulnerables.
Ojalá la corrupción deje de ser una costumbre.
Ojalá ningún niño vuelva a sentirse abandonado por las instituciones.
Ese Coahuila sí valdría la pena.
El Coahuila que hoy veo, lamentablemente, ya no.
Y por eso, con enorme tristeza, esta es mi última publicación.


