DINAMARCA- Mette Frederiksen nunca ha tolerado a los acosadores.
Cuando estaba en el bachillerato, Frederiksen, primera ministra de Dinamarca, se enfrentó a una manada de skinheads que se burlaban de niños migrantes.
No le fue muy bien. Le dieron un puñetazo en la cara.
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Pero la semana pasada, esquivó un golpe, uno grande.
Después de la escalada de amenazas del presidente Donald Trump sobre apoderarse de Groenlandia, el gigantesco territorio en ultramar de Dinamarca, Trump parece haberse echado finalmente atrás.
En un discurso ante la élite financiera mundial en Davos, Suiza, Trump dijo que no utilizaría la fuerza para apoderarse de Groenlandia. Más tarde dijo que él y los dirigentes de la OTAN habían elaborado “el marco de un futuro acuerdo” que dejaría felices a todos. Eso está por verse.
Por supuesto, hubo otros factores en la marcha atrás de Trump, como la creciente oposición del Congreso y la caída de los mercados bursátiles, pero no hay duda de que la defensa cuidadosamente elaborada por Frederiksen ayudó a impedir que Trump consiguiera algo que realmente quería.
Durante meses, Frederiksen ha jugado con Trump a un juego tenso de política del borde del abismo, y parece que ha ganado… por el momento.
Mientras continúan las negociaciones, Frederiksen sigue enzarzada en una lucha no deseada, e intenta calibrar cómo dejarle claro al voluble Trump que la respuesta a su exigencia de que Estados Unidos tenga Groenlandia es un no rotundo, sin antagonizarlo hasta el punto de que reactive la amenaza de arrebatársela.
Ya ha señalado su resistencia a una de las cesiones que Trump parecía considerar: el establecimiento de la soberanía estadounidense sobre las bases militares en Groenlandia. La soberanía, insiste, sigue siendo una “línea roja”.
Pasamos tiempo con Frederiksen este otoño, en Groenlandia, donde accedió a una entrevista inusual en una vieja casa con vista al mar. Le preguntamos si creía que Trump actuaba como un acosador.
