La salud renal es una pieza fundamental del rompecabezas que define la calidad de vida. Los riñones no solo eliminan desechos y exceso de líquidos, también regulan minerales esenciales, participan en el control de la presión arterial y ayudan a mantener el equilibrio interno del organismo. Su función es tan eficiente que, cuando algo empieza a fallar, los síntomas suelen aparecer tarde.
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De acuerdo con el Instituto Nacional de Diabetes y Enfermedades Digestivas y Renales, los riñones filtran aproximadamente media taza de sangre por minuto y contienen cerca de un millón de nefronas, las unidades encargadas de limpiar la sangre. Gracias a este sistema, los nutrientes regresan al organismo y los residuos se eliminan a través de la orina.
El problema es que la enfermedad renal crónica puede avanzar sin dar señales claras, especialmente cuando está relacionada con hábitos alimenticios. La licenciada en nutrición María Clara Delucchi, del Hospital de Clínicas de la UBA, advierte que cuando los riñones no funcionan correctamente pueden surgir complicaciones como hipertensión, anemia, alteraciones óseas y mayor riesgo cardiovascular.
Diversos estudios coinciden en que la alimentación es uno de los principales factores de riesgo asociados al desarrollo y progresión del daño renal. Afecciones frecuentes como la diabetes tipo 2, la obesidad y la hipertensión están estrechamente ligadas a lo que comemos a diario. Por eso, identificar ciertos alimentos de consumo habitual puede marcar la diferencia entre prevenir o acelerar el deterioro renal.
