Por: Javier Rodríguez
Érase una vez un niño nacido a la orilla del Mediterráneo, en una ciudad donde el viento con aroma a sal sacude las persianas y las tardes parecen inventadas para correr detrás de una pelota. Un pequeño gitano que, llevado mucho más lejos de lo que alguna vez soñó, terminó por escalar hasta convertirse en leyenda.
Vino al mundo en diciembre de 1985, en Martigues, un poblado al sur de Francia, dentro de una familia de origen gitano que conocía mejor el trabajo duro que los privilegios. No heredó fortuna ni contactos. Heredó algo más útil: resistencia y pasión. Mucha pasión.

