Llamamos “comfort food” a la comida que nos proporciona consuelo emocional, nostalgia o una sensación de bienestar.
No sé si el término esté acuñado, pero, si no, ahí va: también existe la “comfort literature”. Novelas cuyos personajes nos gustan tanto que queremos seguir escuchándolos; libros que, cuando faltan cien páginas para llegar al final, desearíamos que tuvieran otras doscientas, porque queremos seguir en el mundo que construyen.
Estas novelas nos reconfortan y las releemos para recordarnos que no todo está perdido o, simplemente, para volver a ver a sus personajes, con quienes nos reencontramos como se reencuentra uno con un amigo.
Hace años leí un poema de Jorge Luis Borges que me noqueó: “Hay una frase en Verlaine que jamás recordaré / hay una calle cercana prohibida para mis pies / hay un espejo que me ha visto por última vez / hay una puerta que he cerrado con llave hasta el fin del mundo. / Entre los libros de mi biblioteca (los tengo delante) / hay algunos que jamás volveré a abrir”.
Es verdad. En algún momento ya no volveremos a leer los libros que nos han dado felicidad y nos han hecho este mundo más llevadero y cálido.
Años después descubrí una variación sobre el mismo tema.
Cuando terminé de leer todas las novelas que Elmore Leonard había publicado hasta entonces, Leonard llevaba treinta y pico de las cuarenta y tantas que terminaría escribiendo.
Pero Leonard estaba convencido de que tenía el mejor trabajo del mundo y escribía ocho horas diarias; así, cada año publicaba una novela nueva.
Pasé los siguientes seis o siete años sabiendo que, en alguna visita a la librería, encontraría, como un regalo, una nueva novela suya, y que cancelaría lo que tuviera planeado para empezar a leerla esa misma noche.
Hasta que un año ya no hubo más. Leonard murió en 2013, a los 86 años.
Desde entonces he releído alguna de sus novelas cada cierto tiempo, como quien toma una ducha caliente en un invierno frío.
Pero hace un par de meses, paseando en una de las librerías mamut de Nueva York, por pura nostalgia se me ocurrió echar un vistazo al lugar donde estaban sus novelas.
Y había un nuevo libro.
Leonard comenzó a escribir Picket Line (“Piquete de huelga”) allá por 1970 como un guion de película. Medio mutó a novela, pero terminó como una novella y, entre tantos proyectos y libros buenos, se perdió en sus archivos.

