NosotrAs: Las historias que sí contamos

Acompañar a las infancias en su descubrimiento del mundo también implica acompañarlas en las historias con las que lo conocen. Los relatos que les ofrecemos no son neutrales, estos moldean imaginarios, amplían posibilidades y participan en la construcción de cómo ellas se entienden a sí mismas y a quienes les rodean. Por eso, importa qué historias elegimos contar y a quiénes hacemos visibles en ellas.

La antropóloga Michèle Petit ha señalado que entre nuestros derechos culturales está no sólo el derecho a saber, sino también el derecho a lo imaginario. Ese derecho importa desde la infancia, porque imaginar es también descubrirse, pensar otras formas de habitar el mundo y abrirse a la experiencia de los otros. En ese sentido, mostrar referentes de mujeres diversas se vuelve una herramienta para ampliar la empatía.

Cuando las infancias conocen historias de niñas y mujeres en contextos distintos, con desafíos, decisiones y trayectorias diversas, comprenden que existen muchas maneras de vivir, resistir y transformar la realidad. Conocer esas diferencias ayuda a desarrollar empatía, pero también a cuestionar visiones estrechas sobre quién puede ser protagonista de una historia.

Esos referentes, además, no tienen que venir de figuras extraordinarias, se encuentran en mujeres cotidianas: una madre, una vecina, una maestra, una trabajadora de la comunidad. Hay una potencia particular en reconocer que las historias dignas de contarse no pertenecen solo a quienes aparecen en los libros de historia. Cuando las infancias encuentran valor en esas experiencias cercanas, pueden empezar a entender que sus propias vivencias también son importantes y dignas de ser contadas.

Por eso decidir qué contar y cómo se cuenta es una práctica consciente. Construir bibliotecas donde circulen escritoras, ilustradoras, poetas y relatos diversos no es solo una apuesta cultural, sino una forma de ensanchar los marcos desde los que las infancias se piensan. También es una manera de disputar la idea de que solo ciertas vidas merecen ser narradas.

No se trata únicamente de leer, compartir historias, escucharlas y hacer espacio para contarlas juntas también crea comunidad. En ese gesto íntimo de narrarnos mutuamente puede cultivarse una empatía más profunda, aquella que nace no solo de ver otras experiencias, sino de reconocer que la propia merece ser escuchada. Mostrar referentes, en ese sentido, no es solo abrir ventanas hacia otros mundos, es ayudar a las infancias a saber que también pueden imaginar y contar el suyo.

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