
Napoleón Bonaparte marchó hacia Waterloo convencido de que su genio bastaría para imponerse. Adolfo Hitler avanzó sobre Rusia creyendo que la fuerza podía someterlo todo. Ambos se toparon con límites que no supieron leer a tiempo. A otra escala, en otro terreno, tiempo y dimensión, Donald Trump ha construido una narrativa de confrontación constante, tipo bully: contra adversarios, instituciones y medios. Pero al dirigir su ofensiva contra el papa León XIV, el primer Sumo Pontífice de Estados Unidos, se topó con una pared moral infranqueable e imposible de superar. Se trata de otra cancha y reglas, enteramente desconocidas para el presidente de Estados Unidos.
Lo ocurrido no parece responder únicamente a una estrategia política, sino también a un desconocimiento de la historia y de la propia tradición católica. La reacción del Papa no es nueva ni excepcional. Es, en realidad, consistente con una línea histórica clara: la Iglesia Católica ha sido una voz que insiste en la paz frente a la guerra. Ahora sí que esa es su chamba.


