
Aún recuerdo cuando en Ciudad de México, un exjefe contradijo una instrucción que afectaba la logística de una cobertura. Cuando lo señalé su respuesta fue: “Estás muy alterada”, y pidió que le comunicara a mi subordinado –hombre– para seguir la conversación.
Hoy el desafío profesional para las mujeres no es solo lograr escalar jerárquicamente, sino permanecer bajo una presión constante. Liderar laboralmente implica triplicar esfuerzos para demostrar valía.
Desde mi trinchera actual en la educación, a menudo observo el talento que fluye por nuestras aulas. Veo mujeres brillantes y líderes natas. Sin embargo, cuando miramos las cifras de este 2026, nos enfrentamos a una realidad agridulce: hemos avanzado, sí, pero el camino hacia la verdadera igualdad laboral aún tiene pendientes estructurales.
Es inspirador ver que, según el reporte Mujeres en los Negocios de Grant Thornton, México ha escalado hasta un 40.5 % de participación femenina en cargos ejecutivos. No es un dato menor; nos coloca en el octavo lugar a nivel mundial. Me entusiasma cómo este liderazgo está mutando hacia sectores que antes nos eran ajenos. Hoy, el 34 % de los puestos directivos en transformación digital son ocupados por mujeres.
No obstante, la “imagen” cambia cuando subimos al peldaño más alto. El IMCO (Instituto Mexicano para la Competitividad) advierte que, en los consejos de administración, las mujeres solo representan el 14 % de los asientos.
A este paso, mis alumnas actuales tendrían que esperar hasta el año 2043 para ver una paridad real. ¿Podemos permitirnos esperar dos décadas más? A esto se suma la persistente brecha salarial: en pleno 2026, una mujer en México percibe, en promedio, un 11.4 % menos que un hombre por el mismo valor de trabajo.
Ante esta realidad, vale recordar las palabras de Virginia Woolf, quien en A Room of One’s Own ya advertía sobre las condiciones necesarias para el desarrollo del talento:
”Para que las mujeres tengan éxito, necesitan dos cosas: dinero y una habitación propia”.
Hoy esa “habitación propia” ya no es solo un espacio físico para la creación, sino el derecho a ocupar espacios de poder con autonomía financiera y reconocimiento intelectual. No se trata solo de que nos permitan entrar a la sala de juntas, sino de que nuestra voz tenga el mismo peso en la toma de decisiones, que nuestro salario refleje esa misma dignidad y que, en casa, las labores también sean equitativas.
Como educadora, tengo claro que no basta con enseñar teoría; tenemos que dotar a las nuevas generaciones de herramientas de negociación salarial, liderazgo tecnológico y resiliencia.
La igualdad laboral no es solo justicia social, es clave para impulsar el crecimiento económico de nuestra entidad. Según la Secretaría de Finanzas de Coahuila, cerrar la brecha de género podría impulsar el PIB estatal en un 5.2 %. El talento femenino es, en última instancia, el combustible que el estado necesita para liderar la economía del conocimiento en esta década.


