1926, centenario de la Guerra Cristera

La casa de mi abuela materna, María Luisa Aguilar Smith —en un descuido soy descendiente de Adam Smith—, se levantó señorial y orgullosa sobre la calle de Bravo, una de las que mejor conservan el sabor del Saltillo de antes. Aquella vivienda se ubicaba a unos pasos de la calle de Juárez. Los recuerdos que permanecen de ella entre nosotros son los de una abuelita dulce y tierna, que entraba en pánico al ver a sus traviesos nietos jugar con cuchillos de hule; su temor era que resultáramos heridos, al tiempo que profería las palabras: “Juegos de manos son de villanos”. También nos contaba historias y nos enseñó a jugar a las cartas de la baraja clásica española con sus reyes de oros, espadas, bastos y copas.

La visitábamos con gusto, y ella nos recibía sentada en la mecedora en el espacioso zaguán de su casa, impregnado de macetas y plantas, pero el gusto se acrecentaba los domingos, ya que ese día, sin falta, nos entregaba a cada uno aquellos pesos de plata, los que inmediatamente iban a dar al estanquillo “San Luis,” localizado en Bravo esquina con Juárez.

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