Un lastre que se multiplica TODOS LOS DÍAS

Todos los días, sin importar edad ni estatus socioeconómico, la televisión, las redes sociales, los informativos, etc., te machacan y re machacan que la infausta idea de que el único camino para ser feliz es el triunfo arrollador, es la marca de zapatos, de ropa, de todo lo que brilla aunque no sea oro. Hay un programa que seguramente habrá usted visto en la tele, MasterChef. Ahí confluye todo lo que la agresividad puede hacer en el comportamiento de los participantes. Hay una agresividad laboral despreciable. Va desde el lenguaje que usan en este concurso culinario, ahí la ambición plena se sienta a sus anchas, pareciera que se empeñan en sacar lo peor de las personas.

Venden el éxito como una meta en la que al alcanzarla te quedas. Qué horror, las victorias son parte del recorrido de nuestras vidas, son lecciones de las que hay que aprender y además tienen fecha de caducidad. Hablar de ti mismo como “mi mejor versión” es aberrante, es una bobería darte categoría de iPhone. Ser exitoso no tiene nada que ver con la vanidad, de sumo tan efímera. No obstante, el individualismo imperante ha ido reduciendo al individuo a escala de producto que compite en el mercado.

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