
*De notas fallidas están impregnadas las teclas del piano. De cualquiera. El pianista lo sabe. Por eso carga un paño, para borrar los yerros de la última ejecución. Una vez olvidó la prenda en la habitación del hotel. En el teatro, antes de la primera llamada, intentó limpiar las teclas con servilletas del baño del vestidor. Lo único que logró fue desparramar el millar de notas mal tocadas en la superficie albinegra del piano Baldwin. Lo supo demasiado tarde, cuando empezó el recital. En lugar de las gráciles y bien temperadas notas del preludio de Bach, se escuchó un ronco y lastimero cluster que se arremolinó en las tensas cuerdas del piano para salir a la penumbra de la sala en una metálica sombra. El efecto tuvo una inesperada aceptación del público y los agentes. Nació así la modalidad de recital al que se le dio el nombre de “el piano maculado”, piezas adulteradas debido a teclados sucios; pero, al mismo tiempo, murió la legendaria escuela pianística de limpidez técnica.


