Saltillo, la velocidad del presente y la ilusión de la memoria

Sin audífonos, camino por el Centro Histórico de Saltillo. Hace unos días perdí el pequeño estuche donde los guardaba y, con él, el dispositivo que me permitía sostener una vieja costumbre: evitar el bullicio de la ciudad.

Ante la falta de música, el ruido se vuelve visible. Aturden las voces de los comerciantes, los motores que insisten sobre las calles angostas y el pregón lejano de un vendedor de conos de cajeta; bueno, ese no tanto. Fue entonces cuando comencé a notar algo que probablemente habría pasado por alto con los audífonos puestos: casi todos llevaban algo en los oídos, como si cada persona cargara su propia defensa frente al ajetreo.

Por las banquetas desfilaban jóvenes y adultos con audífonos blancos, negros, transparentes, diminutos o enormes. Primero lo vi a él. Después, gracias a él, comencé a encontrar a otros.

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