Diría el gran Hugo Sánchez que les temblaron las piernitas a varios jugadores del Tri el jueves pasado en el Estadio Azteca. Y sí, así ocurrió. Javier Aguirre, el entrenador de México, lo explicó a su manera durante una entrevista realizada al finalizar el encuentro contra Sudáfrica: “Tenía jugadores acalambrados. Les pesó el escenario. Es un escenario brutal. Eso te hace que las patitas se te sacudan un poquito”, comentó. Y cómo no, el momento era estupendo, no tanto por el inmueble, que sí es muy imponente y podría causarle agorafobia a alguien, sino por la energía tremenda de más de 80 mil personas esperanzadas entonando el Himno Nacional; por la vibra y los beats de decenas de miles que coreaban el estremecedor “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!”, ese mantra que le enchinaba la piel a cualquiera, hacía llorar a otros, y a unos más les cerraba la garganta, tal como lo confesaba al aire el mejor cronista televisivo mexicano, Christian Martinoli.
Calambres. Emociones acalambradas. Estábamos hipersensibles, emocionadísimos, embebidos del presente, pero barnizada el alma por tantos recuerdos futboleros que evocaban la infancia, la adolescencia y a los que ya no están: el talentoso delantero Raúl Jiménez recordaba no sólo que es un insólito sobreviviente de un golpe brutal, sino que en marzo acababa de perder a su padre, así que luego de anotar el primer gol del Mundial miraba al cielo y lloraba para dedicárselo a su viejo, que ya no vio su gesta.

