Odiseo y las madres buscadoras

Por Gonzalo Serrano del Pozo

Después de más de dos décadas del estreno de “Troya”, de Wolfgang Petersen, Christopher Nolan ha presentado su más reciente obra maestra: “La Odisea”. La película ha sido un éxito en México y en el resto del mundo. A pesar de durar casi tres horas, es una obra que no da descanso; sin embargo, reducir este filme a una película de acción sería injusto y mezquino. Si hay algo que permite que obras como “La Ilíada” y “La Odisea” sigan teniendo éxito a lo largo de la historia, es que apuntan a la naturaleza humana que, pese a los increíbles avances de la tecnología, pareciera mantenerse intacta.

Uno de los temas fundamentales que trascienden en muchas de las obras del mundo griego es la importancia de dar sepultura a los muertos. En la Odisea original, este tópico está encarnado en Elpénor, el compañero de Odiseo cuya sombra le suplica un funeral para no vagar sin descanso. En la película, ese mismo drama aparece representado en Sinón, un soldado griego que –aunque no figura en el poema de Homero, sino en la Eneida– cumple la función de recordarnos el destino de quienes caían en combate y quedaban condenados a errar por el Hades al no haber recibido las honras fúnebres.

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