
Tener altas capacidades intelectuales (ACI) no es la maravilla que muchas personas imaginan. No es un asunto de superioridad, sino de comprensión y acompañamiento. Y cuando hablamos de niñas y mujeres, la historia cambia profundamente. Lo digo como psicóloga, como madre y como mujer con ACI, que también acompaña a una hija con esta misma forma de estar en el mundo.
Se estima que entre el 5 y el 10 % de la población tiene ACI. Sin embargo, hay más niños identificados que niñas. No porque sean más inteligentes, sino porque el entorno mira distinto. A un niño que cuestiona se le llama brillante; a una niña, “intensa”. A un niño inquieto se le ve potencial; a una niña, desorden. A un niño que lidera, se le reconoce; a una niña, se le corrige.
Muchas niñas crecemos aprendiendo a bajarle volumen a nuestra mente. A pensar sin decir, a saber sin mostrar, a cuestionar en silencio. A encajar.
La literatura lo llama enmascaramiento: ocultar o ajustar nuestras capacidades para pertenecer. Son conductas sutiles pero constantes: no participar para no “sobresalir”, ayudar a otros en lugar de destacar, minimizar los propios logros. Y aunque no siempre se ve en las calificaciones, sí se siente por dentro.
Con el tiempo, ese enmascaramiento se transforma. Ya no solo escondes lo que sabes, empiezas a exigirte de más. La autoexigencia aparece como una forma de validar tu lugar: si todo es perfecto, nadie podrá cuestionarte. Pero también se vuelve una carga. Es trabajar de más, dudar de lo suficiente, sentir que nunca alcanzas.
Lo he vivido y lo veo. En consulta, en mi historia, en mi hija. Porque cuando tu capacidad no es nombrada, no es acompañada. Y lo que no se acompaña, se sobrecompensa. Así, muchas mujeres viven entre logros invisibles y un cansancio que no siempre se explica.
Esto no va de romantizar las ACI, sino de mirar su costo cuando no se reconocen. ¿Cuántas niñas aprendieron a esconderse para pertenecer? ¿Cuántas mujeres seguimos llamando perfeccionismo a lo que en realidad es miedo a no ser suficientes?
Nombrar las ACI en niñas y mujeres no es etiquetar, es abrir posibilidades. Es permitir que la inteligencia no tenga que ocultarse, que la sensibilidad no sea debilidad y que la exigencia no sea castigo.
No se trata de dejar de ser exigentes, sino de dejar de ser implacables con nosotras mismas. Y quizá, en ese punto, empecemos a construir historias menos silenciosas… y mucho más propias.


