NosotrAs: Y la epidemia silenciosa de la presión estética

Nos enseñaron que vernos más delgadas era sinónimo de salud, éxito, valor y belleza; que vivir aguantando hambre era normal y que sentir cansancio, obsesión, culpa o incluso miedo era simplemente “parte del proceso”.

Nos enseñaron a perseguir ideales imposibles, llevándonos a desconectarnos de nuestro cuerpo. Como menciona Sonya Renee Taylor: “El problema nunca fue el cuerpo, sino la manera en que nos enseñaron a mirarlo”.

Vivimos en una sociedad que aplaude y felicita la pérdida de peso sin preguntarse qué hubo detrás de ella. Actualmente atravesamos una época en la que la delgadez ya no es solo una exigencia estética, sino también una promesa farmacológica. La llegada de medicamentos GLP-1 puede representar una herramienta útil para enfermedades metabólicas, pero el problema comienza cuando la presión estética transforma un tratamiento en una aspiración colectiva.

Hoy existen mujeres dispuestas a tolerar náuseas, miedo a comer, pérdida del apetito y desgaste emocional con tal de acercarse al ideal corporal que la sociedad continúa premiando. Y esto no sucede únicamente con estos medicamentos; también lo vemos en conductas de riesgo normalizadas, dietas restrictivas y hábitos disfrazados de “disciplina” o “bienestar”.

Las redes sociales también han intensificado esta presión, normalizando conductas dañinas disfrazadas de autocuidado, productividad o salud, haciendo cada vez más difícil distinguir entre bienestar y autoexigencia.

Yo también he vivido la presión estética. Desde muy pequeña aprendí a preocuparme por ser delgada, creyendo que así sería más aceptada. Esa idea impactó profundamente mi relación con la comida, mi cuerpo y mi salud mental, llevándome a desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria y a perder parte de mi infancia y adolescencia entre inseguridades y culpa.

Nos vendieron la idea de que un cuerpo más pequeño nos daría una vida más feliz, más exitosa y más amada. Pero, como escribe Naomi Wolf en El mito de la belleza: “Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza, sino con la obediencia femenina”.

Tal vez la verdadera epidemia silenciosa no sea el peso corporal, sino el odio aprendido hacia nuestros propios cuerpos.

Y quizá la pregunta nunca fue “¿qué está mal conmigo?”, sino qué tan dañada está la sociedad que nos ha hecho sentir insuficientes dentro de nuestro propio cuerpo.

Sanar la relación con nuestro cuerpo no significa amarlo todos los días, sino dejar de vivir en guerra con él y permitirnos existir sin sentir que debemos ganarnos nuestro valor.

Fuimos creadas para mucho más que perseguir un ideal estético. Eres un diseño divino, tienes un propósito en esta vida y tu valor jamás ha dependido del tamaño de tu cuerpo. Somos valiosas, dignas y merecedoras de vivir en paz con nosotras mismas.

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