NosotrAs: Y el verano en el que nos volvimos FIFAs

—Atziri, ayúdame. No sé qué le moví, pero me hicieron un cargo en la tarjeta. ¿Cómo pido el reembolso?

—¿Qué hiciste?

—Solo iba a pagar el partido de Japón, pero creo que terminé comprando una suscripción.

—Hermana, eso no es reembolsable.

Así empezaron las tardes de “prende la tele”, “¿hoy quién juega?” y “¿contra quién va?”.

Entre semana, en mi casa vivimos tres mujeres; los fines de semana se nos une mi papá, probablemente el hombre menos interesado en cualquier cosa que tenga que ver con el deporte.

Esas tres mujeres comenzamos a convivir en una dinámica distinta después de querer “aprovechar” (entre broma y no) una suscripción de mil pesos.

La FIFA organizó en México apenas 13 partidos. Apenas 13 partidos bastaron para detonar un proceso de turistificación, impulsar megaproyectos de movilidad pública construidos contra reloj, transformar el espacio público, desplazar habitantes, encarecer la vivienda, generar un impacto ambiental considerable y bastaron para que México fuera el único país anfitrión del Mundial 2026 en conceder a la FIFA una exención fiscal de alcance nacional.

Fueron 25 días en los que convivieron los dos Méxicos. El de las tribunas y las postales para los turistas: el mariachi, los ajolotes, el tequila, el chile que sí pica, el orgullo de envolverse en una bandera de tres colores y llenar las calles de fiesta. Y el que permanecía fuera de los estadios: las manifestaciones, las madres buscadoras, la pega masiva de fichas de búsqueda y la vida cotidiana que solo el mexicano sabe sobrellevar; esa en la que el dolor convive con la alegría, pese a la injusticia, la precariedad que imponen quienes apenas tienen unos gramos más de poder y los multimillonarios que llegan a servirse, con cuchara grande, de este maravilloso país.

—Bueno, pero ¿ya viste quiénes juegan? Mínimo hay que sabernos los nombres, ¿no?

Xareni grita desde el baño mientras se lava los dientes.

—¿De qué me hablas? ¿Es neta?

—¿Cómo que no viste el TikTok? El del comercial de Corona. Resulta que uno de los jugadores es menor de edad y al final aparecen unas moritas —sí, la fruta— porque el chavo de 17 años se apellida Mora. Es una joya.

Después me contó de Quiñones y, claro, del gran “Pistaches con salsa verde”. A los pocos días, mi algoritmo ya estaba completamente invadido por historias y chistes sobre los jugadores.

Luego llegó ese segundo partido: México vs. Corea. Y yo, como amante de las series coreanas y ARMY amateur, tenía que verlo. Ese día Mónica, amiga y ahora compañera de trabajo, fue a mi casa para llenar unos documentos. Mientras tanto, yo preparaba la botana y esperaba a que llegaran mi mamá y mi hermana del trabajo.

Después todo ocurrió como si fuera el ritual de cualquier domingo. Mi hermana trajo las bebidas y, sin darnos cuenta, empezamos a vivir con una intensidad desproporcionada cada jugada. Incluso aparecieron los oportunos: “Sh, sh… cállense, cállense”, de mi mamá, empeñada en escuchar a Martinoli después de un gol (Mónica todavía me recuerda esa escena con mucha gracia).

Lo vivimos como si se nos fuera algo en ello. Cuando terminó el partido, con el 2-0 en el marcador, solo quedó la satisfacción del resultado y una sensación de desesperación porque llegara el siguiente juego. Y, a ver, si bien mis resistencias con el fútbol son claras, qué privilegio sentir, y sentir tanto a través de esto.

Los titulares se repiten con frecuencia: “Llega borracho del partido de México y mata a su esposa”. “Violencia doméstica aumenta cuando pierde Santos”. No son hechos aislados. Forman parte de un fenómeno ampliamente documentado: los eventos futbolísticos suelen coincidir con incrementos en la violencia ejercida contra las mujeres.

Sin embargo, explicar estos casos únicamente por el alcohol o el fútbol simplifica un problema mucho más profundo. Los megaeventos deportivos no crean estas conductas, las amplifican.

Porque el problema nunca ha sido que el fútbol haga llorar a los hombres. Al contrario. Ojalá existieran muchos más espacios donde pudieran emocionarse, abrazarse o mostrarse vulnerables sin que eso pusiera en duda su masculinidad. El problema aparece cuando ese permiso termina en la puerta del estadio y no alcanza para transformar la forma en que se relacionan con quienes los rodean.

¿Cuál es el espacio por desarrollar dentro del trabajo de las “nuevas masculinidades” para que, a través de esta práctica, exista un verdadero cambio de conductas en la forma en la que se construyen sus propios entornos masculinos? Porque ninguna pasión deportiva puede seguir siendo la coartada para ejercer violencia sobre las mujeres.

”Y vienes desde allá, / donde no sale el sol, / donde no hay calor…”

No he podido sacarme esa canción de la cabeza en semanas. La forma en que la utilizaron fue, sencillamente, poética. Ni hablar de las trompetas del puente de “Así fue”, de mi querido Juanga. No hace falta describir esa escena; estoy segura de que, si vieron los videos, no la recuerdan: la sienten.

En mis grupos de amistades había una constante. Sí, hablábamos de lo absurdamente atractivos que eran algunos jugadores y aficionados extranjeros, pero también ocurría algo más. Cuando veíamos un partido en el que no jugaba México, la conversación terminaba girando hacia otra parte: ¿qué estaba pasando en ese país?, ¿cuál era su contexto político?, ¿era un país colonizador o colonizado? Y en repetidas ocasiones apareció este comentario: “No le ha ido bien. Yo voy con ellos”.

De pronto ya no elegíamos un equipo por el color de su camiseta o por cómo jugaba. Elegíamos historias. Durante noventa minutos apostábamos nuestras emociones como si el futuro también estuviera en juego.

Creo que entendí que había perdido la batalla contra el Mundial una mañana, lejos de casa, mientras Mónica y yo organizábamos la logística del trabajo de campo. De la forma más natural, le pregunté: “Oye, ¿y hoy quién juega? Hay que ver qué pronostican los comentaristas”. Ella, para mi fortuna, decidió no burlarse demasiado. Solo asintió, y hasta terminamos interactuando con algunas opiniones de los comentaristas.

Tal vez por eso el fútbol sobrevive a cualquier explicación racional. No vende únicamente partidos; vende pertenencia. Nos permite sentir que representamos algo más grande que nosotras mismas, construir comunidad con desconocidos y apropiarnos, aunque sea por noventa minutos, de una historia compartida. Ojalá fuéramos capaces de movilizar esa misma necesidad de pertenecer para construir relaciones más igualitarias, comunidades más solidarias y masculinidades que encuentren permiso para sentir mucho antes de que ruede un balón.

Si somos capaces de construir semejantes niveles de identificación alrededor de un deporte, entonces vale la pena preguntarnos por qué seguimos siendo tan torpes para construir esa misma comunidad alrededor del cuidado, la igualdad o la vida de las mujeres.

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