NosotrAs: Viviendo una lucha silenciosa y constante desde la educación

Honestamente, no me considero una mujer feminista, no porque esté en desacuerdo, sino porque no he tenido el tiempo, la fuerza ni la voluntad suficiente para adentrarme y conocer a profundidad todo lo que implica serlo. No pude porque estaba criando, estaba maternando y buscando la mejor manera de educar a mis hijas y a l@s hij@s de otr@s.

Sin embargo, nombrarme o no como “feminista” no me excluye de vivirlo o ejercerlo porque desde donde estoy parada puedo ver la injusticia, el maltrato, el abuso y la violencia. No hace falta mucho para darse cuenta y actuar en consecuencia, buscando una solución o al menos una forma amorosa y efectiva de lidiar con ello, generando herramientas que tal vez no cambien “el mundo”, pero sí me ayuden a cambiar “mi mundo”.

Soy educadora y madre, y me considero una apasionada de ambas maestrías. He dedicado mucho tiempo a encontrar las mejores formas de educar. No digo que las haya encontrado; sigo en la búsqueda y de vez en cuando descubro algunos tesoros.

Nunca me he sentido cómoda educando dentro del sistema educativo. Créanme, ya lo intenté. No es que fuera malo, pero muchas veces resultaba absurdo. Pareciera que el sistema educativo no percibe ni cuida aquello que mis sentidos logran ver y sentir. Así que he sido mamá homeschooler durante varios años, y ese ha sido uno de los tesoros que descubrí: yo puedo ser la gestora de la educación de mis hijas. Esa fue mi primera llave para acceder a la belleza de educar sin estándares rígidos y con una filosofía profunda basada en el respeto a la constitución y el desarrollo de cada ser humano.

Después encontré la pedagogía Waldorf, sustentada en la antroposofía, y ahí, al menos hasta ahora, sentí que todos los tesoros anteriores pertenecían a este cofre. Parecía que todo había salido de ahí. Bajo la mirada de esta pedagogía, mi ira, mi rabia y mi impotencia ante la injusticia disminuyeron casi hasta extinguirse (digo casi, porque siguen encendidas, solo que ahora están contenidas).

¿Por qué? ¿Acaso ya no me duele todo aquello que las mujeres vivimos y enfrentamos? ¿Es que no me importa? ¿Perdí la esperanza de un cambio?

Me cuesta trabajo ponerlo en un texto breve, pero al parecer encontré otra forma de gritar: cantando. Otra forma de alzar mi voz: leyendo cuentos. Otra forma de transformar esa rabia extrema en ternura radical (que, créanme, suena romántico, pero no es tan sencillo como se lee). Encontré una manera no solo de manifestarme, sino de crear un germen social que cuide la infancia de forma detallada, con la certeza de que este germen social llamado “Casa Brakumi” crezca y se reproduzca, buscando espacios donde la infancia sea respetada, escuchada y cuidada.

Quizá así exista la posibilidad de que algún día ya no sea necesario gritar con rabia y hartazgo, sino que saldremos a disfrutar de todo lo que cosecharemos de ese germen.

Y seguiré siendo jardinera, regando semillas para que crezcan y lleven tesoros a otras familias, hasta que se normalice que la infancia es la cuna de todo lo bueno, bello y verdadero. Porque quien cuida de la infancia, cuida del mundo entero.

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