NosotrAs: Violencia lencha

Hay violencias que aprendimos a reconocer rápido: un golpe, un grito, un hombre. Pero nadie nos enseñó qué hacer cuando la violencia viene de la mujer que amamos.

¿Y qué pasa si la violencia viene de mí?

¿Qué hacer si no hay golpes, pero te esconden en un clóset?Hace poco encontré una investigación que llamaba a esto “el segundo clóset”: el silencio que viven muchas lesbianas cuando la violencia aparece dentro de sus relaciones y no saben dónde nombrarla.¿Qué se hace con la indiferencia prolongada a modo de castigo?Con el desgaste de amar a alguien que por vergüenza siempre ama a medias.Con el miedo de compartirnos en redes sociales.

Aprendimos a sobrevivir bajando la voz para decir lesbiana. O mejor decir “gay”, para que no sonara tan grotesco. Aprendimos dónde podíamos tomarnos de la mano y dónde no. Dónde decirle amor y frente a quién fingir distancia. A veces también aprendimos a soportar la lesbofobia internalizada para no traicionar las creencias familiares de las tías que no se cansan de preguntar para cuándo la boda o los hijos.

Crecimos aprendiendo a identificar la violencia en los hombres. Pero pocas veces hablamos de cómo el miedo, la vergüenza y el rechazo también atraviesan las relaciones entre mujeres. Y que a veces, desde ahí, también se lastima.

Hablar de violencia entre lesbianas sigue siendo incómodo. Existe el miedo de “dar mala imagen” a la comunidad. Como si guardar silencio pudiera protegernos. Pero callarlo no nos hace menos violentadas. Solo nos deja más solas.

Durante mucho tiempo pensé que hablar de esto significaba elegir entre víctimas y culpables, entre buenas y malas. Hoy creo que el verdadero reto está en otro lugar: reconocer que una también puede herir cuando fue criada dentro del miedo.Cuando elegir desde el amor no era una opción.

No escribo esto para castigarme ni para señalar a otras mujeres. Lo escribo porque el silencio también se convierte en violencia cuando nadie sabe nombrar lo que le está pasando.

Hay relaciones entre mujeres llenas de ternura, profundidad y amor inmenso. Lo sé porque también las he vivido. Pero amar a otra mujer no nos vuelve automáticamente libres de reproducir violencias aprendidas.

El machismo también atraviesa nuestras relaciones íntimas.

A veces aparece en la necesidad de controlar, en la dificultad para recibir ternura o en vivir la sexualidad desde roles rígidos donde una aprende a complacer, pero no a dejarse amar. También existe el miedo al cuerpo de otra mujer, incluso dentro del deseo.

Y quizá el inicio para romper ese ciclo no sea la culpa. Quizá sea la responsabilidad. La capacidad de mirarnos de frente, reconocer el daño y entender que el amor también implica contención.

Elegir ser la causa del amor y no el efecto del miedo.

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