NosotrAs: Ser mamá dos veces

Mi pequeño abejorro, con su ojo de venado colgando en el pecho. Así podría empezar esa historia, o quizá así empezó desde siempre y apenas ahora, gracias a los recuerdos que una red social me devolvió, pude volver a verlo con claridad.

Encontrar esa foto me regresó a los años de los pañales, de los disfraces resueltos con lo que había, de cuidar a mi hijo incluso de aquello que no sabía nombrar y que de todos modos quería ahuyentar. El mal de ojo, el miedo, la intemperie. También me recordó la velocidad con la que se mueve la vida cuando una está ocupada en sostenerla.

En ese tiempo yo hubiera querido saber más. Más de maternidad, más de crianza libre de roles de género, más de identidades neutras. Me hubiera gustado tener otras palabras, otras herramientas, un poco más de soltura económica también. Haber podido elegir sin estar midiendo cada gasto. Pero a veces una mira hacia atrás y descubre que incluso la precariedad dejó una pequeña rendija.

Ese disfraz, que en otro momento pudo parecer improvisado, terminó siendo otra cosa con los años. Era el disfraz de primavera usado en Halloween porque era lo único que teníamos a la mano. Y, sin buscarlo del todo, también fue lo más neutro que pudimos darle en ese momento. Hay recuerdos que tardan en revelar su sentido.

De toda la serie de fotos de su infancia, hoy sé que esta es la que puede quedarse a color. No porque las demás no importen, sino porque algunas imágenes necesitan tiempo para encontrar su lugar en la memoria sin doler de la misma manera.

Sólo las familias que aceptamos, acompañamos y vivimos una transición desde los recuerdos hasta el presente entendemos lo que significa tener fotos en blanco y negro. No lo digo desde la tristeza. Lo digo desde una ternura que también aprendió a despedirse de ciertas certezas.

Porque cuando una acompaña desde el amor, también vuelve a mirar. Vuelve a conocer a su hija, a su hijo, a su hije. Vuelve a aprender quién es la persona que ama y, en ese proceso, algo en una también nace otra vez. Por eso a veces siento que las madres de infancias trans aprendemos a maternar dos veces.

Y aun así, cuando pienso en ese pequeño abejorro cachetón con su ojo de venado, sé que podría ser mamá una y mil veces de todas las versiones que me quiera compartir. De las que entendí tarde, de las que fui conociendo despacio, de las que todavía me faltan por abrazar.

La crianza trans no es un camino que se recorra en soledad. Aunque muchas veces así se sienta. Hay días en que una quisiera tener respuestas inmediatas, instituciones amables, consultorios menos hostiles, escuelas menos rígidas, una sociedad menos empeñada en corregir lo que no le pertenece.

En México, una parte importante de niñas, niños y adolescentes sigue creciendo sin acceso suficiente a servicios de salud. En las infancias trans, la ansiedad y la depresión no aparecen por su identidad, sino por el rechazo, por la burla, por la violencia que tantas veces se disfraza de opinión. La diferencia la hace el entorno. La diferencia la hace la casa. La diferencia la hace el amor cuando se vuelve práctica y resguardo.

También hay algo que conviene decir con claridad: acompañar no es inventar. Acompañar es escuchar, respetar, cuidar. La ciencia y la experiencia llevan tiempo mostrando lo mismo: cuando una infancia cuenta con el apoyo de su familia, el riesgo de suicidio disminuye de forma importante. A veces salvar una vida empieza con algo que parece sencillo y no lo es: creerle.

Las leyes, además, tendrían que estar a la altura de esa verdad. Desde 2017, en Coahuila las infancias trans pueden cambiar su acta de nacimiento. La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes obliga a respetar su identidad. No hablo de concesiones sentimentales. Hablo de derechos, de reconocimiento, de condiciones mínimas para vivir con dignidad. Y aunque aún falta, 54% de la población en México ya está de acuerdo con que parejas del mismo sexo puedan adoptar, y 58% contrataría a una persona trans.

Todavía falta mucho. Falta información, falta sensibilidad, falta que la empatía deje de presentarse como un gesto extraordinario y empiece a asumirse como una responsabilidad compartida. Acompañar desde el amor a mi hijo me ha llevado justo ahí: a desear que la empatía se convierta en una emoción ética que esta sociedad se tome en serio.

Porque crecer también tendría que significar poder existir sin pedir disculpas, sin reducirse, sin esconderse para que otros se sientan cómodos. Y a quienes amamos, nos toca estar ahí, aprendiendo, corrigiendo, sosteniendo, incluso cuando el mundo afuera insiste en volver difícil lo que dentro de casa ya entendimos.

Oliver, siempre de la mano, siempre juntxs.

Te ama, mamá.

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