En nuestra sociedad, cuando se habla de educación sexual en las escuelas, se suele pensar de manera negativa o se reduce únicamente al funcionamiento biológico del cuerpo. Sin embargo, desde la psicología educativa y la sexología, entendemos la sexualidad a través de los “holones” o dimensiones interrelacionadas: reproducción, género, vínculos afectivos y erotismo.
El género cumple un papel fundamental en la convivencia cotidiana de la comunidad escolar. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, este se refiere a “los roles, las características y oportunidades definidos por la sociedad que se consideran apropiados para hombres, mujeres, niños, niñas y las personas con identidades no binarias”. Al ser un constructo social, el género está atravesado por mandatos que dictan cómo se espera que “deba ser” cada individuo. Cuando las, los y les estudiantes rompen con ese molde o expresan su diversidad sexual, el sistema escolar —a falta de una intervención oportuna— suele castigarles.
Nombrar y ejemplificar desde lo cotidiano permite reflexionar y prevenir dinámicas donde se replica la violencia y las jerarquías de poder basadas en el sistema binario sexo-genérico y heteropatriarcal. En el aula, esto se logra a través de acciones sencillas: ofrecer juegos neutros, evitar filas divididas por género, validar las emociones por igual, educar en el consentimiento, usar dinámicas pacíficas de resolución de conflictos, nombrar la diversidad de familias, respetar el nombre y pronombres de cada estudiante de acuerdo con su identidad de género.
Lejos de buscar un “adoctrinamiento”, visibilizar la diversidad sexual implica brindar información científica, sin tabúes y basada en los derechos humanos, garantizando que todo el alumnado encuentre un espacio seguro para su bienestar socioemocional.
El acompañamiento a estudiantes que se identifican como parte de la comunidad LGBTQIA+ debe partir de un enfoque de derechos e interseccional que busque eliminar las Barreras para el Aprendizaje y la Participación (BAP). Este concepto, clave en la pedagogía inclusiva, nos recuerda que la vulnerabilidad de una estudiante trans, un alumne no binario o una alumna lesbiana no es una condición inherente a elles, sino una consecuencia de un entorno escolar que genera barreras. Estas BAP se manifiestan en la práctica docente, en la rigidez de la cultura institucional y en las actitudes de apatía o discriminación de la comunidad.
Educar sin sexismo y desde el respeto a la diversidad en las aulas no es una exigencia para las infancias y adolescencias, es un examen pendiente para el mundo adulto. Implica la valentía de voltearnos a ver como sociedad y asumir que el verdadero cambio no empieza en la mochila de los estudiantes, sino en la mirada de quienes los educamos.

