NosotrAs: Migrar lejos, criar acompañada

Son las cinco y media de la mañana y me levanto para preparar el desayuno y alistar a mi hijo. A las seis ya vamos en el pesero. Media hora después llegamos al maternal. Él sigue dormido, todavía en pijama, y la directora nos recibe en la puerta. Vive arriba del colegio y, durante varios meses, me hizo un favor que nunca olvidaré: recibir a mi hijo antes del horario de entrada para que yo pudiera llegar al trabajo.

Yo entraba a las nueve, pero vivía tan lejos que tenía que salir de casa a las seis y media para poder llegar. Por la tarde ocurría algo parecido. El colegio cerraba antes de que yo pudiera llegar; aun así, la miss me esperaba hasta que llegaba a recogerlo.

Cuando decidí emigrar, lo hice convencida de que estaba tomando la mejor decisión para mi hijo. Y, más de una década después, sigo creyéndolo. Lo que no sabía era que el reto más grande no sería adaptarme a un nuevo país, sino aprender a criar lejos de todas las personas y lugares que imaginé formarían parte de nuestra vida.

Extrañaba a Venezuela, sí. Pero lo que más extrañaba era a mi gente. Extrañaba a mi familia, a mis amigos y la certeza de que mi hijo crecería rodeado de ellos. Los domingos familiares, los cumpleaños compartidos, los abuelos presentes, los lugares que marcaron mi infancia y que algún día pensaba mostrarle. No estaba preparada para ese duelo. No se había muerto una persona, pero sí una versión de la vida que imaginaba para nosotros.

Migrar me obligó a descubrir que la maternidad no se sostiene sola y lo difícil que es hacerlo sin una red de apoyo. Tuve que aprender a pedir ayuda, a recibirla y a confiar. Confiar en personas que apenas conocía y en mi propia intuición para aceptar ese apoyo. Y encontré personas maravillosas que no eran familia, pero que entendieron que una madre sola en un país nuevo necesitaba apoyo.

Además, con los años entendí que mi hijo y yo vivimos la migración de maneras distintas. Yo sigo sintiendo arraigo por Venezuela. Sigo extrañando personas, olores, lugares y momentos que quedaron atrás. Él, en cambio, creció aquí.

Su comida favorita sabe más a México que a Venezuela. Su manera de hablar es mexicana. Cuando dice que es mexilano, lo dice con la naturalidad de quien pertenece.

Y me alegra.

Porque una de mis mayores preocupaciones era que cargara con la misma añoranza que yo. Quería que conociera sus raíces, pero también quería que echara raíces nuevas.

Pensé que migrar era cambiar de país. Con los años entendí que también era aprender a vivir entre dos lugares al mismo tiempo. Y que, quizás, el regalo más grande que podía darle a mi hijo no era que sintiera el mismo amor que yo por el país que dejamos atrás, sino que pudiera amar plenamente el país que lo vio crecer.

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