
El otro día vi una imagen de la escalera laboral que muestra, por un lado, a un hombre de traje y con portafolio en mano, subiendo hacia un escritorio. Del otro, a una mujer hacia el mismo destino que sostiene, además, a un par de niños pequeños, su bolso, una pañalera y un costal lleno de culpas.
La escalera que él sube es eléctrica, mientras que la de ella es de madera.
El mundo laboral no está diseñado para quienes decidimos convertirnos en madres. Casi siempre tenemos que elegir entre estos mundos.
Cualquiera que sea la elección vendrá acompañada de culpas y hubieras; dudaremos de nuestras capacidades y talentos, y hasta nos reprocharemos ser insuficientes por no lograr equilibrar ambas áreas de nuestra vida.
Ser mamá profesionista es llevar a cuestas no solo el agotamiento físico y mental, sino también el estrés y una pesada carga de trabajo no remunerado en el hogar. Por supuesto, esta “doble jornada” nos deja sin tiempo para la vida personal y limita nuestras aspiraciones laborales.
En México, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), las mujeres dedican alrededor de 4.1 horas diarias a actividades domésticas y de cuidado, mientras que los hombres solo 2.4 horas.
Hace poco renuncié a mi trabajo, luego de convertirme en madre por segunda vez y ante la dificultad de conciliar los tiempos.
La experiencia empezó a complicarse desde el embarazo, no solo por las largas jornadas, sino por el cansancio crónico y el horrible “mommy brain”.
Aún así, trabajé hasta un día antes de parir y regresé 15 días después, como si de mi cuerpo no hubiera salido un pequeño ser humano y como si no dolieran partes de mi cuerpo que ni siquiera sabía que podían dolerme. Obviamente colapsé.
A las mujeres se nos exige trabajar como si no estuviéramos criando, y criar como si no trabajáramos, cumpliendo con horarios imposibles, cansancio extremo y una carga mental brutal, prácticamente pidiendo permiso para estar presentes en la vida de nuestros hijos.
Y a la hora de subir la escalera, justo como en la imagen, la advertencia va implícita: Si decides formar una familia, el camino se tornará tan complicado que seguramente tendrás que renunciar.
Toda elección implica renuncias y eso está bien, sin embargo, abandonar nuestro empleo por maternar también agrava las desigualdades de género, agranda la brecha salarial y limita nuestra autonomía económica.
En mayo de 2025, unas 282 mil mujeres dejaron de formar parte del mercado laboral en México, según cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
¿Por qué somos las mujeres quienes debemos adaptarnos al sistema y no al revés? ¿Por qué sostener la vida y trabajar se convierte en un acto de malabarismo en el que, de entrada, ya vamos perdiendo?


