
En los últimos 12 años como trabajadora de la educación he transitado por diferentes áreas como personal de apoyo. Actualmente me desempeño como trabajadora social y orientadora en una secundaria del sector público; además, realizo labores de consultoría terapéutica como psicóloga y soy docente en una universidad privada.
Estas interacciones me han permitido ampliar mi área de expertise y me han colocado en un espacio desde el cual puedo observar los fenómenos sociales desde diferentes lentes. Reconozco que vivimos tiempos de violencia complejos, pero no puedo dejar de percibir el fenómeno estructural que posiciona a las mujeres por debajo de las oportunidades que tienen los hombres. El reconocimiento de esta realidad me ha traído hasta aquí.
Lo veo en mis alumnas que abandonan la escuela mientras que sus hermanos varones no; lo veo en mis pacientes desbordadas por su doble o triple jornada; lo veo en las madres de familia que cargan con las desventajas de una crianza en solitario. Lo veo, en el día a día, de una y mil formas que están tan normalizadas que una las integra sin darse cuenta.
A mi puerta llegan madres cansadas, con un evidente agotamiento, para quienes dejar el espacio donde laboran impacta su economía de una manera descomunal y que, aun así, se han tomado el tiempo de sentarse frente a mí para buscar una solución a aquello que aqueja a sus hijos. He de reconocer que, aunque los padres también se presentan a discutir estas cuestiones, por lo menos en mi centro de trabajo el 91 % de quienes acuden son mujeres.
Trato de entender sus condiciones y, más de una vez, una consulta para revisar la problemática de una o un menor se convierte en un espacio para que la madre pueda descargar sus preocupaciones, sus penas y su sensación de no poder criar de manera “adecuada”. La culpa materna es una imposición cultural que deposita sobre las madres una sobrecarga que no es equiparable con la del varón de la casa, si es que existe uno.
He sostenido manos, ofrecido pañuelos y, más de una vez, he confrontado desde la ternura a un sinnúmero de mujeres que se acuestan pensando que no pueden y se levantan haciendo de lo imposible una posibilidad para sostener el hogar.
Busco, en mi labor como docente, que mis alumnas y alumnos comprendan estas desigualdades. Para mí es importante que la psicología no sea únicamente un espacio de patologización. Lo social y lo político también están implicados en el ejercicio psicológico. Una psicología sin contextualización, sin comprensión del entorno inmediato, no es posible.
Por eso, mi lucha la doy en todos los espacios en los que impacto: en las clases que imparto, en mi labor como orientadora y en mi práctica psicológica, buscando que estas desigualdades sean reconocibles y puedan transformarse en acciones a favor de las personas que acuden a las diferentes trincheras que he elegido para nosotras.


