NosotrAs: Las mujeres que evitan el síndrome de la rana hervida

Estamos en el año 2026. Algunas tuvimos la oportunidad de estudiar; en el mejor de los casos, hasta uno que otro posgrado hemos conseguido. Podemos comprar, heredar, votar y ser votadas. Cada día tomamos decisiones sobre nuestras vidas y cuerpos, por la libertad que tenemos como mujer y ciudadana. Decisiones que muchas veces se ven influenciadas por la cultura, las personas y, últimamente, por las redes sociales.

En el espacio digital han comenzado a tomar fuerza propuestas que lentamente intentan guiarnos hacia una estética femenina más tradicional. Empezamos con el cleanlook para después seguir tutoriales sobre energía femenina y romantizar el hecho de ser mantenidas, dejando de perseguir ambiciones profesionales. Pero el día de hoy nos encontramos ante una tendencia restrictiva de derechos no tan sutil.

Me refiero a las TradWifes, o esposas tradicionales, lo cual no haría tanto ruido si no se hablara de renunciar al voto femenino para pasar a un voto “familiar”, que implica que el hombre de la casa decidirá el futuro político de tu municipio, estado o país. Entonces, ¿lo de hoy es renunciar a nuestros derechos humanos?

No me malentiendas: creo firmemente que el feminismo es una forma de ver y vivir la vida, porque sin pluralismo no hay libertad; es decir, que deberíamos poder elegir el tipo de vida que queremos, sin estar atadas a un estereotipo de mujer.

Lo preocupante aquí es el tremendo descaro de intentar navegar con este discurso de elegir ser esposa tradicional (en pos de la libertad de elección) y, en las letras chiquitas, defender la renuncia al voto de las mujeres.

Pero poco se habla de que, en México, el mayor número de votantes son mujeres. De acuerdo con el Estudio Muestral de Participación Ciudadana 2024 del INE, las mujeres de 25 a 49 años son quienes más votan. Somos una pieza clave para la democracia.

Sin contar que, para poder alcanzar el “voto familiar”, se necesitaría un escenario en el cual todas las familias estuvieran compuestas por un modelo específico: mamá, papá y descendencia. Entonces, ¿qué pasa con las familias diversas que se salen de este molde arcaico? Hasta 2020, en México, el 18 % de los hogares eran monoparentales; de estos, en 33 de cada 100, las mujeres eran las jefas del hogar. En números duros, 11.5 millones de hogares estaban encabezados por mujeres (INEGI, CPV).

Recordemos que solo han pasado 73 años desde el reconocimiento de nuestro derecho al voto y que tenemos 71 años votando. ¿Creen que vamos a ver como “inofensivo” el voto por familia?

No hay democracia sin mujeres. No dejaremos de cuestionar estas nuevas tendencias políticas ni tampoco permitiremos pequeños cambios que perjudiquen nuestros derechos de formas sutiles porque, al contrario de la rana, nosotrAs no queremos morir hervidas.

No pretendo juzgar las decisiones que otras mujeres toman como parte de su libre desarrollo de la personalidad porque, hermana, tú puedes ser quien quieras ser. Solo detengámonos un momento, cuestionemos de dónde vienen estas iniciativas y no demos por hecho los derechos que ya tenemos; estemos listas para defenderlos.

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