NosotrAs: Las elegidas

Las aulas no están blindadas. El ejercicio de la inteligencia o del pensamiento crítico no protege a las mujeres. Las palabras y el saber no bastan para ordenar el ambiente universitario.

Detrás del nombre de vocación o mentoría puede esconderse una forma pulida de dominación. Entre normas escolares y manías de los catedráticos, las mujeres aprenden que la preferencia es prueba de talento. Ser elegida legitima la confianza en una misma. En el subtexto, nos enseñan a leer la aprobación masculina como reconocimiento.

La autoridad distingue y separa. Después se acerca.

Esta dinámica es síntoma de una pedagogía patriarcal. Como advirtió la poeta y ensayista Adrienne Rich (1980), las instituciones educativas suelen entrenar a las mujeres para convertirse en “hijas académicas”, no para tallar la forma de su propia voz. En este ecosistema la mirada masculina se erige como el único espejo legítimo. Así, la entrega intelectual se transforma, sutilmente, en subordinación emocional.

En ese espacio ambiguo, el reconocimiento académico adquiere la forma de una intimidad dirigida. Ser vista, celebrada o excepcional instala una deuda afectiva gris, difícil de nombrar. La cercanía desplaza sus propios límites y malabarea con una disponibilidad íntima que ya no es de carácter académico.

Al avanzar en los semestres lo entendemos: no son situaciones aisladas. Estamos inmersas en climas institucionales permisivos, jerarquías fuertes y concentración de poder en figuras de autoridad.

Estos hechos responden a lo que la antropóloga Rita Segato (2003) define como “mandato de la soberanía masculina. En los espacios de poder patriarcales, los varones son tribunal, evalúan y otorgan estatus. Esa soberanía opera en la complicidad de los pasillos y extiende su lógica a la propia arquitectura institucional. Por eso, bajo su amparo, vimos pasar protocolos huecos, escritos con el lenguaje de comprensión y sororidad pero sin compromiso con la justicia. Llamados malentendidos, excesos, rumores o decisiones personales.

Vimos cómo la incomodidad de las alumnas tenía que probarse una y otra vez, mientras el prestigio académico y la trayectoria de los agresores parecían defenderse solos. Bajo esta lógica de impunidad burocrática, el fracaso de los mecanismos institucionales se entiende mejor a través de lo que Ahmed (2022) define como “tecnologías de ocultamiento”: herramientas que cansan a la denunciante y limpian la cara de la universidad.

Cuando la norma se vuelve un muro, urge regresar al aula. Despojarla de su mito de lugar inocente o templo del conocimiento. Desde la experiencia femenina, ahí adentro no es un espacio neutral y el dominador posee el monopolio de la consagración. Hay que analizar los espacios universitarios de frente: sus grietas en donde cabe el acoso, la puerta del despacho y aprender a descifrar el retumbe de la voz del maestro.

Las aulas no están blindadas. Apenas tienen paredes.

Referencias:

– Ahmed, S. (2022). ¡Denuncia! El activismo de la queja frente a las instituciones. Caja Negra Editora.

– Rich, A. (1980). Sobre mentiras, secretos y silencios. Icaria Editorial.

– Segato, R. L. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Prometeo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí