NosotrAs: Las del campo

Desde hace casi un par de años he estudiado distintos aspectos socioambientales de la figura del ejido en el norte del país. Entre el trabajo realizado, hubo una realidad que llamó mucho mi atención: el rol que llevan a cabo las mujeres campesinas y los debates en torno al género que atraviesan su vida cotidiana.

Cuando hablamos de perspectiva de género e interseccionalidad, nos referimos a aquellas herramientas de análisis que nos permiten observar la performatividad del género en interacción con distintos elementos estructurales que aumentan o disminuyen las brechas de violencia o desigualdad.

Es claro que el campo se convierte en un mundo social con lenguajes, historias y símbolos que solo sus habitantes conocen, mientras que fuera de él existe un modelo económico que los excluye cada vez más, provocando condiciones de desigualdad que no solo afectan en términos económicos, sino también la forma en la que han construido sus vidas y su identidad.

En el caso de las mujeres campesinas, su género también se construye replicando todas estas dinámicas, pues, como se observa en la investigación Género y poder en tres organizaciones rurales de la región lagunera, de Luz Elena García et al., entre los principales problemas que enfrentan las mujeres en estos espacios se encuentran la invisibilidad de su trabajo, la estructura piramidal masculina en la toma de decisiones, la importancia asignada al rol reproductivo, la permanencia de la estructura tradicional de poder comunitario y la desvalorización del apoyo de las mujeres, entre otros.

Pese a ello, en Coahuila se observa un incremento gradual de mujeres titulares de dotaciones, pues, de acuerdo con las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía y el Registro Agrario Nacional, durante 2009 existían solo 10 mil 802 ejidatarias, mientras que en 2023 esta cifra ascendió a 16 mil 593 ejidatarias, es decir, el 25 % de las dotaciones ejidales. Estas mujeres enfrentan un reto doble: por un lado, resisten en condiciones en las que el modelo económico excluye al campo y, por otro, todo lo que conlleva el solo hecho de ser mujer.

Ellas resisten de la única forma en que puede hacerse: con roles bastante activos en la producción económica, con su presencia en las parcelas de cultivo, con el almacenamiento y suministro de agua en el hogar, con la participación activa en protestas, manifestaciones y asambleas, y con roles de cuidado y protección indispensables para que la comunidad subsista. En algunas ocasiones no se asumen a sí mismas bajo estos roles, mientras que en otras se consideran agentes políticas bastante activas. Este reconocimiento es valioso porque permite construir una relación sólida y necesaria para enfrentar las diversas dificultades que plantea el mundo actual y la sociedad mexicana.

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