
Históricamente, las mujeres hemos sido productoras de conocimiento, aunque nuestros saberes han sido frecuentemente invisibilizados, desvalorizados e incluso apropiados. La persecución de las llamadas “brujas” y la marginación de las parteras muestran cómo los conocimientos construidos por mujeres fueron excluidos de los espacios de legitimación. Durante siglos, además, la ciencia se escribió desde una perspectiva masculina que nos ubicó principalmente como objetos de estudio y relegó las problemáticas que atravesaban nuestras vidas a un lugar secundario.
La psicología no ha sido ajena a este guion androcéntrico. A lo largo de su historia, contribuyó a asociar a las mujeres con la enfermedad, la inestabilidad y el desequilibrio emocional, atribuyendo estas características a una supuesta naturaleza determinada por procesos hormonales y reproductivos. Como consecuencia, muchos de nuestros malestares fueron interpretados desde marcos patologizantes que ignoraban las condiciones sociales, culturales y políticas, así como las relaciones de poder que los producen.
Aunque actualmente la matrícula de psicología es mayoritariamente femenina, gran parte de las teorías que sustentan la disciplina siguen conservando sesgos androcéntricos y sexistas. Asimismo, las contribuciones de las mujeres continúan siendo poco reconocidas. Frente a ello, los movimientos feministas han cuestionado las formas tradicionales de producir conocimiento y han impulsado nuevas maneras de comprender los fenómenos psicológicos, incorporando experiencias y problemáticas históricamente excluidas.
En este contexto, las psicólogas han desarrollado conocimientos situados, metodologías participativas y enfoques que reconocen la subjetividad, el contexto y la experiencia como fuentes legítimas de saber. Entre los temas más estudiados destacan la maternidad, los cuidados y el trabajo, desde perspectivas que cuestionan la idea de la maternidad como destino natural y visibilizan la sobrecarga derivada de la distribución desigual de las tareas de cuidado, las múltiples jornadas laborales y las dificultades para conciliar la vida familiar y profesional.
Otro eje central de investigación ha sido el análisis de las diversas formas de violencia que afectan a las mujeres. Los estudios abordan la violencia física, psicológica, sexual, institucional y estética, así como fenómenos como el feminicidio, la cultura de la violación, la violencia gineco-obstétrica, la brecha salarial y la feminización de la pobreza. Estas problemáticas son entendidas como expresiones de desigualdades estructurales y no como situaciones individuales o aisladas.
Todos estos aportes han permitido construir una comprensión más compleja, crítica y contextualizada de la salud mental y de las condiciones que moldean la vida de las mujeres, alejándose de los reduccionismos biológicos, el androcentrismo, la patologización y la revictimización.


