NosotrAs: La guerra contra el espejo

Aún recuerdo el cansancio de vivir pendiente de números. La sensación de triunfo vacío tras pasar horas sin comer y el miedo constante a cualquier alimento que pareciera “demasiado”. Recuerdo compararme con cuerpos ajenos hasta convertir cada espejo en un castigo. No podía mirar mi reflejo en las ventanas porque mi mente me convencía de que nunca sería suficiente. Eso es lo más doloroso de un trastorno alimenticio: aprender a ignorar el sufrimiento propio con tal de acercarse a una idea imposible de perfección.

La violencia no siempre llega como un golpe, a veces es una báscula que dicta si hoy tienes derecho a sonreír. Hablemos de la sangre que no llega porque el cuerpo decidió que sobrevivir es más importante que menstruar. De entrar a una tienda y que la ropa parezca decirte: “Tú no cabes aquí”, mientras la sociedad insiste en que “si te esfuerzas, lo lograrás”.

La cultura de la dieta empieza cuando una niña escucha a su madre decir que no cenará “para bajar”. Empieza cuando las amigas se felicitan por no comer. Cuando las redes sociales vuelven los trastornos algo aesthetic y aprendemos a medir los alimentos sólo por sus calorías. Nos enseñaron que ser mujer significa ocupar menos espacio: menos ruido y menos comida.

El Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) no es vanidad; es la soledad de rechazar una cena con amigas porque el miedo a las calorías es más fuerte que el amor a la compañía. Al ver fotos de cuando yo sufría un TCA, recuerdo la preocupación de maestros, los desmayos, los mareos y los días sin comer. Me veía delgada, pero a un costo demasiado alto para mi salud.

La violencia contra las mujeres no siempre deja moretones. A veces deja ansiedad tras comer pizza. Chicas masticando chicle para engañar al hambre o tomando café para no sentir el estómago vacío. Deja niñas buscando en internet “cómo adelgazar rápido” mientras todavía tienen cuerpo de infancia.

Porque un trastorno alimenticio no es vanidad, es una batalla silenciosa entre el cuerpo que pide ayuda y la mente que aprendió a asociar delgadez con valor personal.

Quiero un mundo donde las adolescentes no aprendan a desaparecer para sentirse bonitas. Donde la comida no sea un enemigo ni dejar el plato lleno sea un triunfo. Donde hablemos de trastornos sin romantizarlos y de violencia sin minimizarla. Que las niñas crezcan sin sentir que su cuerpo es un problema por corregir. Que puedan mirarse al espejo sin miedo, comer sin culpa y vivir sin pensar que deben desaparecer para merecer amor. Ni siquiera un poco.

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