En México, tener acceso al aprendizaje formal de la música aún es un privilegio; que una mujer logre estudiar y vivir de este oficio en un país en desarrollo es resultado de un camino que otras generaciones labraron para que hoy tengamos esa libertad. Defender la música como profesión ya es complejo en una cultura que idealiza la genialidad musical como un don y que no comprende las horas de estudio y años de formación que implica desarrollarse como músico; una cultura que sigue romantizando la precariedad del artista. A esto se suma abrirse paso en entornos laborales aún masculinizados, lo que exige firmeza, preparación y constancia. Como mujeres artistas en un país que aún normaliza el valor instrumental de la mujer para los fines de otros —ya sea como dadora de cuidados o como quien sostiene la carga de una “doble jornada” (Nussbaum, 2000)— también debemos proteger nuestro espacio de estudio y de trabajo en el hogar con la misma ferocidad con la que otras lucharon por esa libertad.
Esta filosofía se refleja en mi labor como maestra de once alumnas y en mi propia experiencia como profesional de la música. Mi compromiso es guiarlas hacia una autoexigencia que las aleje de cualquier autocompasión y que las lleve a disfrutar plenamente su espacio a solas con el instrumento y de la disciplina, a valorar la magnitud de sus logros y a defender con seguridad su valor como mujer músico, dentro de los diferentes entornos laborales y de la propia familia.
Por su naturaleza, la música es una disciplina que no solo se cultiva en lo individual, sino que necesita compartirse para nutrirse. En nuestras clases grupales y recitales buscamos compartir ese espacio donde el asombro por el instrumento y por nuestras propias capacidades se mantenga vivo; una chispa que muchas veces puede apagarse en la soledad, bajo una autoexigencia desmedida o en el ensimismamiento del músico. Desde esa fortaleza colectiva, defender hoy el rigor de nuestro oficio es también una forma de habitar con libertad ese territorio neutral y universal que nos ofrece el ejercicio de la música.
Ya sea en una agrupación de cualquier género o en una orquesta, lo que vale es nuestra calidad musical. No hay engaño ni narrativa condescendiente que valga; ahí somos un músico más. Si aún existen espacios que premian la cosificación de la mujer o aceptan mujeres en sus filas solo para aparentar inclusión, nuestra responsabilidad es no ceder en nuestros principios y tener la entereza de buscar o construir espacios donde se valore lo esencial: la música y nuestro trabajo. A mis alumnas les inculco que el profesionalismo será siempre nuestro escudo más sólido ante las arbitrariedades laborales y nuestra puerta a nuevas oportunidades profesionales. Pero si algo podemos elegir es cómo habitar nuestro oficio, porque al final, lo que defendemos no es solo la música, sino el derecho a ejercerla sin pedir permiso.

