
Hoy en día, es común entrar a los grupos de maternidad en Facebook de nuestra ciudad y encontrar una oleada de preguntas que, a simple vista, parecen sólo peticiones de empleo: “¿Conocen trabajos donde pueda llevar a mi bebé?”, “¿Saben de algo con horario flexible?”. Sin embargo, detrás de cada publicación hay una verdad más profunda: somos mujeres que hemos decidido priorizar el bienestar de nuestras infancias por encima de la permanencia en relaciones violentas. Esas preguntas no son sólo avisos de ocasión, son declaraciones de autonomía. Muchas hemos cortado vínculos marcados por la violencia, eligiendo la incertidumbre de buscar sustento antes que permitir que nuestras hijas e hijos crezcan en un entorno inseguro.
Ahí surge nuestra primera barrera: el escrutinio público. Somos juzgadas por “querer todo a la mano”. Para evitar ser tachadas de malas madres, terminamos justificando nuestra situación frente a quienes aún sugieren “aguantar”. Al final, compartimos el mismo estrés y la culpa por decidir sobre nosotras mismas.
El segundo obstáculo es buscar un empleo amigable con las infancias. La sociedad debe entender que llevar a tu bebé al trabajo no es un berrinche. Muchas no tenemos red de apoyo: los horarios no cuadran y, tras una separación, muchas veces falta el dinero para pagar los cuidados. Vivimos una encrucijada: la informalidad permite llevar a los hijos e hijas, pero sin prestaciones; mientras que los empleos formales ofrecen estabilidad, pero exigen traslados largos y flexibilidad casi nula. En ese esquema, la guardería puede ser herramienta, pero también trae la culpa de sentir que alguien más cría a tu bebé.
Desde mi perspectiva, trabajar y llevar a mi bebé conmigo es un privilegio. Sin embargo, la culpa me inunda al saber que mi espacio laboral no es siempre apto para él. Tengo que improvisar condiciones para su comodidad durante horas. Aquí la disparidad social duele: si una mujer en la política lleva a su bebé al Congreso, suele ser aplaudida como símbolo de conciliación; pero si una trabajadora de restaurante lleva a su bebé entre mesas, la juzgan. Para nosotras esto no es un acto político, es pura supervivencia.
La culpa también aparece mientras atiendo clientes. Busco que juegue mientras hago tiempo para alimentarlo. A veces el trabajo me rebasa; me pide brazos. Si llora, tengo que portearlo; a veces recurro a las pantallas; aunque otras critiquen son una herramienta vital.
Ante esto, es urgente que el sistema laboral cree empleos reales y flexibles para madres autónomas. A la par, no debemos olvidar exigir la obligación paterna: demandar pensión alimenticia no es un ataque, es un derecho de nuestras infancias. Necesitamos que la sociedad entienda el monumental sacrificio que implica trabajar y criar al mismo tiempo. Esta forma de crianza existe, sobrevive y resiste a diario. Es lamentable que gran parte de la sociedad siga prefiriendo criticarlas en lugar de empatizar.


