NosotrAs: De La Manada de Pamplona a Los Porkys de Veracruz

Hace exactamente una década, durante los Sanfermines de 2016, una pancarta ondeaba en las calles de Pamplona con un mensaje: «El miedo va a cambiar de bando». No era una amenaza. Era el grito de una generación cansada de crecer entre violaciones, asesinatos y una justicia inexistente para muchas, como Nagore Laffage.

Aquel mismo San Fermín, una joven de 18 años fue agredida sexualmente por cinco hombres sevillanos (dos de ellos militares). La violaron vaginal, anal y oralmente. Y grabaron y difundieron los hechos; además, antes de marcharse, le robaron el teléfono para impedir que pidiera ayuda. La brutalidad de los hechos parecía incuestionable. Sin embargo, hubo quien la cuestionó, analizó su comportamiento, su vida privada…

Si a ella, con tantas pruebas, hubo quienes no la creyeron, ¿cómo iban a creer al resto? ¿Cómo iban a creer a quienes denunciaban sin testigos, sin grabaciones y, muchas veces, habiendo pasado años desde que ocurrieron los hechos?

Al otro lado del Atlántico, el caso de Los Porkys mostró una realidad inquietantemente parecida. Una adolescente víctima de una agresión sexual cometida por jóvenes pertenecientes a familias influyentes. También allí aparecieron las mismas estrategias: cuestionar a la víctima, proteger a los agresores y convertir el poder económico y social en un escudo frente a la violencia. Cambian los países, pero el mecanismo se repite.

Sin embargo, algo sí cambió después de estos casos. La respuesta social fue masiva. Miles de mujeres salieron a las calles para decir basta. Y, cuando parecía que el silencio seguía siendo la norma, nació una revolución. Las mujeres comenzaron a narrar públicamente las violencias que habían sufrido siendo niñas, adolescentes o adultas. Historias que habían permanecido ocultas durante años por miedo, vergüenza o porque pensaban que nadie las creería… pero no es un problema de incredulidad, es negacionismo como estrategia para proteger los privilegios.

Y gracias a que estas y otras supervivientes que dejaron de permanecer en el ámbito privado para ocupar el espacio público, fuimos capaces de identificar violencias que hasta entonces habían sido normalizadas. Porque lo que no se nombra no existe, pero duele y mucho.

Diez años después podemos afirmar que aquella pancarta acabó teniendo razón. El miedo comenzó a cambiar de bando. No porque la violencia o la revictimización institucional hayan desaparecido, sino porque la impunidad empieza a resquebrajarse. Ese ha sido, quizá, el mayor cambio de esta década: cada vez más mujeres a un lado y otro del planeta se niegan a sostener el patriarcado con el silencio. Hoy hablamos, denunciamos, nos creemos entre nosotras y transformamos el dolor en una fuerza colectiva.

¡Seguimos! #cuéntalo

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