
¿En qué pensamos cuando hablamos de crianza sin violencia? La mayoría imagina a una persona pacífica, casi sin emociones, y eso es un error. Sin violencia significa con respeto mutuo, con amor, con la comprensión de que el otro es otro.
En nuestra época sigue el reto de separar la disciplina del autoritarismo y la obediencia ciega. Hemos creído que obedecer es lo más humano, cuando en realidad lo es la autenticidad. Todos somos distintos y, paradójicamente, en lo único en lo que somos iguales: ninguna historia es idéntica a otra. ¿Por qué entonces queremos educar a todos igual?
Cotidianamente escuchamos: “A mí me pegaron y salí bien”. Lo que salió bien es que sobreviviste. Sin darnos cuenta, aprendimos a movernos sólo bajo amenaza dejando para el último minuto la entrega de algún trabajo, con la postergación, como si todo fuera de vida o muerte. Ahí se ejemplifica la falta de respeto que interiorizamos y convertimos en regla propia, pagando un alto precio con la salud: gastritis, colitis, insomnio.
Pero la violencia no son solo los golpes o los gritos. La sobreprotección también quebranta la autonomía y la confianza. Padres que crean una burbuja para evitar que sus hijos experimenten cualquier dolor, les impiden aprender a sobreponerse y tomar decisiones. Cuando intervienen para que no fracasen —o resuelven por ellos cuando fracasan—, les modelan vivir “a costillas” de otros. La vida, tarde o temprano, se presentará frente a esa hija, hijo, hije que quizá no encuentre su propósito si no aprendió a comprometerse con esfuerzo. Por eso: ¡no hagan las tareas de las infancias! Dejen que aprendan de su proceso. Querer controlar su vida es un acto de violencia; nuestra condición adulta no nos da derecho a minimizar su existencia. Mejor acompaña su proceso.
Los adultos somos el reto, con la ola de las “familias editadas” y la “perfección” en redes sociales, se promueve una percepción irreal. La comparación nos abruma porque idealiza que la otra persona tiene algo que yo no. Necesitamos poner atención a nuestra forma de acompañar. Practicar más la escucha y bajarle al juicio, aumentando nuestra conciencia sobre lo que elegimos. Vivir tu vida acompañada de quien te ama y quiere lo mejor para ti en los hechos, es lo mejor que le puede pasar a un ser humano. Intentemos ser esa persona que acompaña. Para ser esa persona, también tú necesitas tener quien pueda acompañarte en tu proceso de ser quien eres. Normalicemos buscar acompañamiento y educar en comunidad.


