Mirador 06/01/2026

“Orador sagrado”.

Así eran llamados antes los clérigos predicadores.

A mi entender ningún hombre es sagrado, y menos aún si es orador.

Había uno que gozaba fama de elocuente. Predicó un sermón en la Catedral Metropolitana, y sus arrebatos retóricos no le impidieron ver que entre la concurrencia estaba don Artemio de Valle Arizpe, Cronista entonces de la Muy Noble y Leal Ciudad de México.

Al terminar el oficio le preguntó:

-¿Qué le pareció, don Artemio, mi sermón?

-Muy bueno, padre –dictaminó el ilustre escritor–. Pero yo tengo un libro en el cual viene, palabra por palabra, todo lo que dijo usted.

-No es posible –empalideció el sacerdote–. El sermón lo preparé yo mismo.

-Mañana le traeré ese libro –dijo don Artemio.

Y le llevó un diccionario.

Ingenioso señor fue Valle Arizpe. Haberlo conocido es motivo de orgullo para mí.

¡Hasta mañana!…

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