La tarde del fin del mundo, crónica de una falsa invasión extraterrestre

Cande era una señora de 70 años, gordita, de baja estatura y bonachona, que trabajaba en la casa de Lucita, una anciana de casi 100 años. La casona en la que vivían era de adobe y, en el barrio, era la que estaba en mejores condiciones; siempre olía a arroz con leche, los pisos relumbraban lustrados con cera y petróleo, las paredes eran color rosa quemado, llenas de fotografías; en los espacios que quedaban había libreros repletos de recuerdos.

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