
El giro a la derecha en América Latina no debe entenderse únicamente como una alternancia electoral, sino como una transformación del paradigma regional de gobernanza. El proceso refleja un hartazgo de la ciudadanía de gobiernos populistas enmarcados en escándalos de corrupción, malos resultados en materia de seguridad, controles migratorios, crecimiento económico y combate al crimen organizado trasnacional. Los candidatos y actores de los partidos conservadores o de ultraderecha han construido su legitimidad sobre la promesa de restaurar el orden mediante políticas de seguridad más coercitivas, una mayor apertura al mercado y como pilar fundamental, un alineamiento estratégico con los Estados Unidos.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró esta reconfiguración que quedó sellada en la hoja de ruta hemisférica en el marco de la creación del Escudo de las Américas. Una coalición concebida para coordinar acciones de inteligencia, operaciones militares conjuntas entre gobiernos afines contra los cárteles narcoterroristas y otras amenazas con intereses geopolíticos. Este instrumento para influir y regresar a Washington al tablero regional está privilegiando alianzas selectivas con gobiernos ideológicamente cercanos y contrarrestando una autonomía clave que algunos países habían desarrollado por décadas.


