Cultura y Pop: Tribus

Un par de veces al mes ayudo en la cocina de un club de conciertos en Maastricht. No me pagan con dinero. Me dan tickets, fichas para bebidas y, claro, la cena es gratis y muy buena. Veo de cerca a artistas, aprendo a cocinar cosas nuevas, me paseo por el backstage y presencio pruebas de sonido. A veces me ponen a cargo y cocinamos comida mexicana: siempre un éxito.

Además de eso está el aspecto social. La gente que trabajamos ahí somos casi todos weirdos y misfits; el ambiente y las pláticas son fantásticos.

El club tiene dos escenarios: uno para mil doscientas personas y otro para cuatrocientas cincuenta. Entre crew, artistas, managers, familiares y amigos, a veces cocinamos para veinticinco personas y, otras, para ochenta.

Luego están los festivales.

Este fin de semana el club organizó la segunda edición de un festival metalero, South of Heaven, para unos cuatro mil metalheads. Además de holandeses, vinieron alemanes, belgas, ingleses y franceses. No es para menos: tocaron bandas como Sepultura, Anthrax y Megadeth.

Si a usted estos nombres no le dicen nada, no se preocupe; pero tampoco se moleste cuando los demás no sepan quiénes son los artistas que a usted sí le gustan o no valoren la música que usted escucha.

El mundo es ancho y ajeno.

En mis ratos libres, cuando no tenía que lavar bandejas, preparar comida u organizar el buffet que estábamos sirviendo a las bandas y a su crew, me escapaba un rato a ver los conciertos y a los asistentes, que eran un espectáculo por sí mismos.

Varios rasgos eran evidentes. La inmensa mayoría eran hombres. La mitad tenían barba. Prácticamente todos iban vestidos de negro: las camisetas de color podían contarse con los dedos de las manos. Su ropa estaba llena de ilustraciones de demonios, símbolos infernales, cruces y estrellas invertidas, parches de grupos famosos y referencias a conciertos legendarios.

Todos tenían una cerveza en la mano.

Y, sin embargo, no hubo muertos ni llegó el anticristo. Todo fue muy civilizado. En el backstage, los artistas a los que les servíamos comida nos daban las gracias, comían con la boca cerrada y recogían su plato.

Me quedé pensando en cómo todos buscamos a nuestra tribu. Gente que comparta nuestros gustos y preferencias, nuestra manera de estar en el mundo y nuestra estética.

La música es tan poderosa que agrupa todos estos elementos. Dicho de otra manera, termina por influir en nuestros gustos y formar parte de nuestra personalidad y de la manera en que vivimos.

Los conciertos son, al igual que cocinar en un club, una forma de conectar con otros seres humanos y sentir que, aunque moriremos solos, mientras tanto podemos disfrutar del calor y del cariño de gente como nosotros.

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