
Hace treinta años, Pulp Fiction llenó las salas de cine de espectadores entusiasmados, pero perplejos. Los diálogos de los personajes eran inusuales: no parecían tener relación con lo que ocurría y, sin embargo, revelaban su universo. Aún hoy, cuando el tema sale a la luz, la discusión sobre hamburguesas entre Jules Winnfield y Vincent Vega sigue causando regocijo.
Por entonces descubrimos que su director, Quentin Tarantino, pasó años viendo películas en la tienda de videos donde trabajaba para aprender cómo hacerlas. Pero dejó claro que había aprendido a escribir diálogos leyendo a un escritor.
La semana pasada lo mencioné.
Elmore Leonard murió en 2013, a los 87 años, después de publicar unas 46 novelas.
No lo habría conseguido de no haber pasado diez años levantándose a las cinco de la mañana para escribir durante dos horas antes de ir a su trabajo como publicista para la industria automotriz en Detroit. Leonard no consiguió publicar gran cosa hasta que comenzó a documentarse sobre el paisaje de Arizona y Nuevo México, así como sobre la forma en que indios y vaqueros vestían, comían y se mataban unos a otros. Descubrió que los vaqueros jamás se citaban en la calle: “Llegaban al saloon a buscar a su enemigo y, si lo encontraban, le daban un tiro sin más”.
Leonard escribió con el mismo enfoque práctico, sin enredarse en profundidades conceptuales ni búsquedas gaseosas. Comenzó a publicar y, más tarde, a tener éxito y ser solicitado por Hollywood; crió a sus hijos, sobrevivió al alcoholismo y, cuando el mercado de los westerns se secó, se pasó a la novela criminal sin lamentarse ni perder el paso.
Encontrar su voz le llevó un millón de palabras; lo que halló al final no solo fue una manera de contar —siempre desde el punto de vista de un personaje, haciendo avanzar la trama a través de diálogos, mostrando en vez de diciendo, entrando en las escenas cuando ya llevan tiempo empezadas y saliendo cuando aún no han terminado—, sino también un heterodoxo método de escritura. Comenzaba con un personaje al que juzgaba interesante, lo juntaba con otros personajes y los hacía hablar. Cien páginas después había descubierto quiénes eran y en qué estaban metidos, y en otras cien páginas la historia debía terminar.
A Leonard se le ha llamado el Dickens de Detroit —cosa que le causaba gracia—, pero el mejor apodo se lo puso Stephen King: Daddy Cool.


