La semana pasada escribí sobre un grupo de libros que querían que la gente dejara de comer “comida”, un proceso altamente ineficiente, para alimentarse a base de licuados.
Cuando platico de esto, la gente suele reírse: “Qué pendejada”.
Pero cuando nos damos cuenta de la cantidad de productos alimenticios que consumimos y que en realidad no son comida, la risa se nos congela.
Michael Pollan es un periodista estadounidense cuyos libros ayudan a entender de qué hablamos cuando hablamos de comida.
El libro con el que construyó su reputación es “El dilema del omnívoro” (“The Omnivore’s Dilemma”, 2006), un verdadero éxito editorial. El dilema consiste en que los seres humanos comemos de todo. Por ponerlo en perspectiva, los koalas solo comen hojas de eucalipto; las vacas, pasto; y los gatos, carne.
¿Qué es lo que nos impide comer, entonces, cosas que nos hacen daño? O, llevándolo al extremo, ¿qué nos impide comer a otros seres humanos?
Pollan divide su libro en tres cenas que consumió. La primera fue cien por ciento procesada; la segunda, cien por ciento orgánica; y para la tercera él mismo procuró todos los ingredientes: cazó la carne, cultivó los vegetales, cosechó la fruta y recolectó los hongos.
Antes de narrar en qué consistió cada una de estas cenas, Pollan analiza lo que sucedió para que los alimentos llegaran a su mesa.
La discusión en torno al libro de Pollan alcanzó el grado de fenómeno cultural. En parte por los argumentos que escuchó a favor y en contra, y en parte por las preguntas que a él mismo le habían surgido, apenas dos años después publicó “En defensa de la comida” (“In Defense of Food”, 2008).
Su comienzo es memorable: “Come comida. No mucha. Principalmente plantas”.
El resto del libro consiste en discutir qué no puede entenderse por comida; las condiciones que han provocado que la mitad del mundo se esté muriendo de hambre mientras la otra mitad enferma por comer en exceso; y las razones por las cuales comer plantas tiene más sentido que comer animales.
Leer estos libros, como el propio Pollan advierte, cambia la relación que tenemos con los alimentos. Además de toda la información industrial, social, ecológica e histórica que enlaza, sus libros resultan fascinantes porque Pollan escribe muy bien, no pontifica, sino que se guía por la curiosidad, y sus investigaciones consisten siempre en involucrarse personalmente con aquello que estudia.
Así, termina trabajando en una granja, cazando él mismo un cerdo salvaje y comprando una vaca para rastrear su nacimiento, vida, muerte y consumo dentro de la industria alimentaria.
Pollan quería responder una pregunta aparentemente muy sencilla: ¿de dónde viene la comida que comemos? No tenía idea —como tampoco la tenemos nosotros— del berenjenal en el que se estaba metiendo.

