–¡Hola, maestro Cedillo, buena tarde! Aquí está su copa de tinto, su vaso con hielo y el otro con agua. ¿Por qué no había venido? ¿O vino usted cuando se me ocurrió faltar? Eh, dígame. Ya lo sé, la resbalosa de la Julieta, me dicen, se sentó con usted. ¡Me tiene harta la maldita! Todo lo que quiero, ella lo quiere. Si uso la falda corta, ella se la pone más corta. Si me recojo el cabello, ella lo hace igual. ¡Ay, no maestro, qué fastidio con esa perra! Dígame, ¿de qué platicaron? No estoy enojada, pero tampoco contenta. Dígame, maestro, escucho…
