21K Coahuila 2025: una ciudad que corrió unida con alma, color y esperanza

Pasadas las cinco de la mañana, cuando el cielo aún no se definía entre azul, naranja y rosa, ya había gente tomando lugar.

La categoría de silla de ruedas y débiles visuales arrancó al 15 a las 6 y, en seguida, el resto de los competidores.

A esa hora, los cuerpos todavía responden sin quejarse, pero las mentes ya empiezan a recordar lo que les espera.

El centro de Saltillo y bulevares principales, se convirtieron en pista, en escenario, en ritual compartido.

‘Corres con miles de corazones’

Neltsy Yeraldi García Ávalos corrió por primera vez una 21K. Llegó a la meta rodeada de su familia, visiblemente emocionada, no por el tiempo que hizo, sino por lo que logró.

“Pensé que iba a correr sola, pero no. Corres con miles de corazones al mismo tiempo”, dijo, con la voz encendida por la adrenalina. “Todos traemos un reto distinto, pero esa energía compartida hace que lo logres. Que te sostengas”.

Neltsy se preparó durante tres meses y medio: fortalecimiento, alimentación, cardio, mente. Terminó la carrera en dos horas y media. “Te demuestras a ti misma que puedes. Que tú eres tu porrista. Que la voluntad está en uno.”

‘Sabemos lo que se siente’

Pero en la 21K, no solo corren quienes están inscritos. Corre toda una ciudad.

En Venustiano Carranza, un grupo musical amenizó el momento tocando cumbias. Sonaron clásicos de Sonido Mazter, y el ritmo hizo que muchos soltaran una sonrisa entre zancada y zancada.

Más adelante, un grupo de mujeres, también runners, pero esta vez porristas, agitaban pancartas y gritaban con energía desbordada.

“Esta vez no corrimos. Esta vez vinimos a gritar, a aplaudir, a levantar. Porque sabemos lo que se siente, y eso se necesita”, dijo una de ellas, cargando una pancarta con una mano y una botella de agua en la otra.

Desde la banqueta, otros ofrecían su ayuda de maneras distintas.

Como la familia Cortés, por cuarto año consecutivo, instaló un punto de hidratación con refrescos, sueros, agua y gomitas.

“Ya van ubicando el punto. La gente ya sabe que aquí tenemos, con todo gusto, un suero, unas gomitas. Azúcar que les ayude a levantar porque está pesado”, dijeron.

Más adelante, un abuelo y su nieto, él con más de 60, el niño con menos de 10, entregaban bolsitas de agua con manos pequeñas y miradas cómplices.

“No corremos, pero estamos aquí. Y eso también cuenta”.

En el kilómetro 20, Ricardo Huerta y Ximena, del Grupo 4 de Scouts, repartían electrolitos y chocaban las manos de quienes ya venían exhaustos.

“Aquí ya vienen tronados, pero si tú les sonríes o les gritas, ves cómo se levantan. Aunque sea un poquito”.

Además de los puntos de hidratación, pasar por los arcos de aspersores instalados en el recorrido ofrecía una tregua: una brisa breve, suficiente para calmar el cuerpo por segundos y continuar guerreando, continuar corriendo.

Travesía bajo disfraz

Algunos corrían con lo puesto. Otros, con personajes completos. Así, Saltillo vio pasar a un hombre disfrazado de Forrest Gump, con la camiseta y melena que el personaje lleva en su travesía.

A un Spider-Man chocando manos con los niños. A un Chapulín Colorado. A una novia decidida. A un Rey de Corazones en bicicleta con una bandera de Bélgica y una de México a la espalda.

Al un dúo dinámico: Batman y Robin. A varios con máscaras de luchador, incluido uno con temática del Club Santos Laguna. Al diablito de la lotería y a Pedro Picapiedra con su “yabba-dabba do!”.

Y desde la banqueta, un dinosaurio, un alienígena y una banana lanzaban porras con carteles y energía sin descanso.

Los perritos no pudieron faltar, trotando al ritmo de sus humanos, tampoco los mensajes que acompañaban el trayecto. Había carteles que decían:

“¡Órale, Shrek! Nos va a agarrar el tráfico”, “No te pares, inútil” (con la cara de Paquita la del Barrio), y uno más, con un michi, que leía: “¡Estás más cerca de lo que piensas!”.

Y justo al final, al menos cinco jóvenes esperaban en la meta con ramos de flores. Cuando vieron llegar a sus parejas, los abrazaron como si hubieran cruzado juntos el mundo entero. Porque en esta carrera, llegar también es amar.

‘No siento nada’

No todos los cuerpos llegaron enteros. Algunos llegaron rendidos, pero llegaron.

Uno de los corredores, un joven veinteañero, al llegar a la meta temblaba. Dijo que desde el kilómetro 15 sus piernas habían dejado de responder.

Se apoyó en el hombro de una desconocida, dejó caer su kit de recuperación y pidió un celular para llamar a sus padres. “Me voy a tranquilizar, pero no siento nada”, alcanzó a decir.

Su historia no fue la única. Pero como muchas otras, fue también un triunfo. Porque, el simple hecho de atreverse a un reto tan desafiante, requiere agallas.

Plena admiración

A las 9:50 de la mañana, por Allende y Presidente Cárdenas, avanzaba el último corredor. Los oficiales ya sabían por radio que era él.

Tenía más de cincuenta años, el rostro descompuesto, la respiración lenta.

Una ambulancia de la Cruz Roja se le acercó. Le ofrecieron terminar la carrera ahí. “Prefiero terminar a pie”, respondió.

Y lo hizo. Poco después de las 10 de la mañana, cruzó la meta. Solo. Sin ovaciones especiales, sin disfraces, sin premios, pero eso sí: con dignidad de sobra.

La oficial Johana Saucedo, quien fue parte del operativo de seguridad, lo dijo con sencillez:

“Es un orgullo ser saltillense. Ver a tantas personas de todas las edades, incluso de la tercera edad, correr así… se admira muchísimo”.

Y en efecto. En Saltillo, nadie llega solo a la meta porque esta ciudad corre con los suyos; recorre con sudor como medalla cada una de sus calles, con carteles chuscos y motivantes, con sus porras sinceras y, a veces, eso basta para cruzar la meta.

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