
Era la década de 1970 cuando prominentes figuras del teatro como Peter Brook ya declaraban que en el arte escénico – en correspondencia con la época – la tosquedad del teatro estaba más viva y lo sagrado más muerto que en otros tiempos. Entonces el cine ya había llegado para redefinir las posibilidades de representación y hacer al teatro cuestionarse sobre sus motivos y medios. Faltaba aún el auge del internet, la tercera revolución industrial que abría la era de la digitalización y un cambio en la forma de concebir las relaciones humanas que inevitablemente obligaría a repensar el arte; sobre todo, un arte como el teatro, cuya naturaleza depende tanto del intercambio entre individuos.


